Ahora que vuelven las bicis

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Juan Ignacio Roncoroni | Efe

La relación entre una bicicleta y su usuario es de las más justas que existen. Las bicicletas te dan lo mismo que te exigen, ni un poco más ni un poco menos. Es una hermosa relación de igualdad. Montar en bici es una gozada que te devuelve de golpe al reino de la infancia, ese al que se vuelve cerrando los ojos y poniendo en marcha la moviola del recuerdo. Dos bicicletas les dejaron los Reyes a tus hermanos. Una, la verde esmeralda, duró un día en el garaje. La robaron. La blanca es la que se salvó y pasó a usarse por turnos. Tus hermanos te enseñaron a andar en bicicleta de la mejor manera posible. Te pusieron en lo alto de una cuesta, te juraron que no te soltarían y dejaron que cogieses velocidad hacia abajo para dejar de agarrarte de golpe. Así pedaleabas e intentabas mantener el equilibrio o te matabas en el cruce que había al final. Pedaleaste y hasta hoy. Luego pasaron los años y tú les enseñaste a tus hijos de una forma parecida, aunque con solo un empujón y sin la pendiente por si acaso. Las bicis de entonces eran la libertad. Hoy hemos avanzado y tenemos carriles bici, bicis de alquiler. Pero entonces había pocas cosas más emocionantes que las competiciones de derrapes en los caminos de tierra. Qué arcos al límite dibujaba la rueda de atrás escupiendo terrones. El cuerpo unos segundos casi en el aire. Las bicis en pandilla eran lo máximo. Un montón de mocosos galopando por los caminos como si fuesen los jefes del mundo. No volábamos como los de E.T. pero casi. El viento en la cara, placer inmenso, es el mismo entonces que hoy. El mismo cuando bajabas por el parque ciñéndote al descenso de tu amigo que iba delante tal y como veíais que hacían los héroes del Tour. El mismo que cuando en Amsterdam alquilaste unas bicis y paseaste con tu hijo, los dos con la cometa de la risa en la boca y él humillándote con esa fuerza y furia adolescente que tú buscas pero ya no encuentras con esa intensidad. Aquellos parches para los pinchazos. La llanta bajo el agua para que burbujee y se vea dónde está el roto. La tarde que tú amigo de etapas a Mera perdió el control y voló como un caza por encima del armazón. Se abrió la cabeza en el aterrizaje. Unos puntos y otra vez a la ruta. Frenar con los pies cuando las zapatas ya estaban demasiado gastadas, como nos pasa con la moral a veces en la vida, que también tienes que frenarte con los pies. Hoy las bicis buenas no pesan. Son un esqueleto de plumas. Una virguería. Antes eran duras, pero para moverla se necesitaban dos pistones en vez de dos piernas. Hoy hay que ir con casco y está bien. Pero antes se iba con gorra o a pelo. Como se viajaba en el coche cinco atrás y sin cinturones. Las bicicletas no son para el verano. Son para siempre. Unen. Acercan. Igualan.