desde el pasado domingo es obligatorio, salvo casos puntuales, el uso de la mascarilla en Galicia. Una decisión acertada tomada por el Consello da Xunta, siempre y cuando a ninguna autoridad competente le tiemble el pulso a la hora de imponer las correspondientes sanciones por saltarse a la torera la medida. Los rebrotes están ahí y hay que mirar por la salud de una población que mayoritariamente se está comportando de forma ejemplar. Como en toda comunidad hay garbanzos negros que todo se la trae al pairo, hay que ser inflexible con aquellos que hacen oídos sordos a la norma que obliga a usar las mascarillas. A mi entender las multas deberían ser superiores a cien euros para aquellas personas reincidentes, y, si el infractor es menor, les tocará pagar a unos padres que por la cuenta que les tiene ya se preocuparán de educar a su díscolo vástago. La ley es la ley y está para cumplirla, a no ser que te quieras arriesgar a que te desequilibren el presupuesto. La presencia policial en las calles para controlar lo recogido por la Xunta debe ser todo lo masiva que las plantillas de cada cuerpo permitan. Nos estamos jugando mucho como para que por culpa de unos pocos irresponsables tengamos que volver a paralizar un país, con lo que ello conlleva para la salud y economía de sus ciudadanos. Los botellones, desde ya, tienen que ser cosa del pasado y aquellos locales de ocio nocturno que no cumplan la normativa deben ser sancionados y cerrados. A pesar de todas estas medidas costará vencer al virus, pero al menos hay que poner todo de nuestra parte para conseguirlo.