Las emociones ni saben ni contestan, pero votan


Programa, programa, programa, iba proclamando Julio Anguita allá por los 90. Pero se equivocaba, como le ocurrió en otras ocasiones al carismático líder de la izquierda. El programa ya lo desgranan los candidatos en los numerosos mítines, entrevistas, reuniones, canutazos y encuentros digitales que se suceden a lo largo de las interminables campañas electorales. Y lo habitual es que ofrezca escasas sorpresas. La noticia sería que el de Ciudadanos defendiese la promoción del gallego o que el del BNG abogase por la fiesta de los toros. El programa le importa a quien lo elabora y a los que están obligados a desgranarlo por motivos profesionales. A los ciudadanos, lo que en realidad les importa es la capacidad del líder para convencerlo de que lo va a cumplir, aun sabiendo de antemano que le miente. Y el candidato, para seducir al votante, se afana en una serie de gestos, imágenes, mensajes y guiños que nada tienen que ver con la subida de impuestos, la inversión en infraestructuras o la promoción de suelo industrial que sí acostumbran a figurar en ese tocho de promesas genéricas que suele quedar olvidado encima de la mesa nada más hacerse el político la foto y disponerse a tomar el café con el que pretende colarle al periodista el titular que le conviene.

Es el factor emocional, que normalmente en las encuestas ni sabe ni contesta, pero que vota. Y en algunas elecciones más que en otras. Por eso a veces fallan tanto los pronósticos. Ocurrió con las andaluzas del 2012 y con las generales del 2016, pero sobre todo, ocurrió con las del 14 de marzo del 2004, cuando los 193 muertos de los atentados del 11M le dieron un vuelco a las encuestas y una victoria impredecible a Zapatero.

Ahora pasa lo mismo con el coronavirus. El barómetro publicado hace casi un mes por Sondaxe indicaba que el 20 % de los consultados admitían haber cambiado su intención de voto por la crisis sanitaria. Ahora, el tracking diario que ofrece La Voz de Galicia habla de un 25 % de indecisos. Casi todas las encuestas coinciden en darle la mayoría absoluta al PP, en el subidón del BNG y en el desplome de lo que fue En Marea, pero no saben qué efecto tendrán en las urnas los síntomas de la pandemia. No hay antecedentes de casos similares en anteriores convocatorias que permitan adivinar el sentido del voto oculto. Lo que sí se sabe es que vocablos cargados de emociones como miedo, incertidumbre o tristeza ocupan y preocupan a los electores y son los protagonistas absolutos de una campaña en la que la independencia de Cataluña o los restos de Franco suenan a discurso plúmbeo del pasado. Y por eso el PP habla de sentidiño y Ciudadanos de sentido común, que no es lo mismo; por eso el PSdeG abre los brazos protectores del primo de La Moncloa, el BNG regresa al refugio del berce y Galicia en Común se viste de rebelde. Y ni siquiera tratan de disimular la sonrisa bajo la mascarilla ni el calor de sus manos hiperdesinfectadas.

Nos arrullan con lemas afectuosos y nos dejamos querer. Pedro Duque anuncia la vacuna y le creemos. Ana Pontón dice que Alcoa no se cierra y asentimos. Feijoo promete más Galicia y sonreímos. La pandemia nos ha dejado muy solos, y quien mejor nos arrope, ganará el 12J.

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