La cuarta de Mahler


Lo gracioso no es que Íñigo Errejón en el Congreso cite a Vargas Llosa para llegar a Juan Carlos Onetti y recordar así una frase bastante simple, que bien podría haber declamado sin las fuentes, porque uno entiende que la frase poco importa, que lo que quiere el diputado es que sepan que lee libros sin dibujos. Lo verdaderamente gracioso es el respeto con que reaccionan sus señorías ante la cercanía de la literatura. El miedo a ser preguntados. El primero que descubrió el arma de la incultura fue un pícaro andaluz que todavía sigue danzando por las alfombras, Alfonso Guerra, que en los años 80 se vio deslumbrado por la cuarta sinfonía de Mahler y la usaba como un garrote para repartir a diestro y siniestro. Mientras Guerra escuchaba a Mahler, sus camaradas andaban a vueltas con Serrat o -los más audaces- con Gabinete Caligari. Errejón ya hablaba de El viaje a la ficción, el libro del nobel sobre el uruguayo, en una entrevista de hace año y medio de una revista de moda masculina. Se ve que se quedó muy impresionado consigo mismo. Pero, ay, yo qué quieren que les diga. Porque un servidor de ustedes cree haber leído todas las obras publicadas por ambos escritores, no por erudo (que es a erudito lo que Serafo a Serafín), sino por la misma razón que he leído todas las novelas de Tarzán: porque me gustan. Los políticos no tienen tiempo para leer porque no entienden lo que es el tiempo y para qué sirve. A Guerra se le fue la mano con Mahler y puso a su hija el nombre de Alma. ¡Qué tío!

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