Rescatar el Parlamento


Hay gente que celebra el retorno de las sesiones de control al Gobierno y de las comisiones parlamentarias casi como un retorno de la democracia. Este cronista también lo saluda, porque vivimos en una monarquía parlamentaria, pero con menos entusiasmo. Para participar de la euforia necesita que las sesiones de control den mejores resultados. Necesita, por ejemplo, que las preguntas se correspondan con los problemas reales de los ciudadanos y no con el interés de quien las formula. O que las respuestas se correspondan con lo planteado o tengan la mínima sinceridad que se debe esperar de un gobernante. O que de esos mini-debates haya surgido alguna vez, una sola vez, una rectificación del Gobierno. O que se destierren latiguillos como el de «ni usted ni su partido me pueden dar lecciones de democracia».

Como nada de eso espero, el retorno de las sesiones de control está bien, pero me ahorro otras glorificaciones. Puesto a expresar algún deseo, sería que el Parlamento vuelva a la normalidad. Ya sé que hay que cumplir las normas de confinamiento. Ya sé que un pleno puede ser tanta fuente de contagio como las manifestaciones del 8 de marzo, el congreso de Vox en Vistalegre o el entierro de una persona. Pero las nuevas tecnologías permiten la participación telemática y la invitación al teletrabajo es tan válida para el modesto empleado de una oficina como para quien merece el tratamiento de su señoría.

Según el Partido Socialista, esas señorías trabajan ahora más que nunca porque responden a infinidad de preguntas escritas. Pero como los demás mortales no las vemos, tenemos la impresión de que están de vacaciones… y cobrando dietas. Y así, nuestro flamante sistema parlamentario se queda reducido a un mecanismo para dar el visto bueno a decretos-leyes, que es lo que se hizo desde la aparición del virus. Y el Gobierno, tan feliz, porque consigue el ideal autoritario de gobernar por decreto, en la confianza de que el gran partido de la oposición le dará su apoyo por responsabilidad.

Cuestión distinta es qué pueden hacer el Congreso y el Senado si no hay otro asunto de actualidad que el coronavirus; si el Gobierno no elabora ningún proyecto de ley y los que empezó a elaborar los tiene congelados; si la oposición tampoco presenta proposiciones, con lo cual no hay trabajo para el poder legislativo… Pues miren ustedes: que se las apañen; que recuperen la estancia en Barajas de la vicepresidenta de Venezuela; que sus señorías digan en las cámaras lo que están diciendo en los medios informativos, y que demuestren que en una monarquía parlamentaria la función del Parlamento es tan esencial como la de un supermercado en la vida civil. Esto último tampoco estaría mal.

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