Nostalgia de una UE que no existe


Un día te haces viejo -lo sé, porque ando en ello-, y sientes nostalgia de aquella compañera de universidad, con la que nunca tuviste nada pero que recogías cada domingo en el colegio mayor para ir juntos a los conciertos del Real. Y ves que esa nostalgia es positiva. Porque la chica es tan verdadera como la nostalgia, y, si reconstruyes los hechos con optimismo, puedes fabricar un tesoro en tu memoria. Lo malo es cuando la chica no existió, y tienes nostalgia de un sueño. Recuerdas que nunca te atreviste a hablar con ella, y toda la nostalgia se convierte en un abismo por donde se perdió tu juventud.

Pues lo mismo nos pasa con la UE cada vez que nos atenaza una crisis. Porque sentimos nostalgia de una UE que en realidad nunca existió. Que debía tener presupuestos de gobierno financiados con impuestos europeos; y políticas sociales, laborales y fiscales homologadas. Que necesita códigos penales y procedimientos judiciales comunes. Que tiene que crear sistemas de pensiones y sanitarios armonizados; y fondos de reserva nutridos por políticas de gasto bien controladas. También echamos en falta una defensa y una diplomacia común, una Constitución para Europa, y tantas otras cosas que nunca quisimos hacer. Porque siempre pensamos en la UE como una ubre de la que mamar, pero no como un proyecto político al que debemos cooperar.

Por eso, cuando llega la tribulación, sentimos nostalgia de una UE que nunca existió. Y, cabreados por no haberla construido, lanzamos diatribas contra un vacío esencial que aumenta la frustración, y genera la estúpida desafección que rompe los engranajes del colosal proyecto. Solo entonces dejamos de hacer pillerías con nuestros presupuestos, deudas y déficits, y, aparcando nuestra chulería e indisciplina, empezamos a pedir una gobernanza europea que no existe, y unos derechos de mutualización que no hemos querido fundar. Por eso exigimos que, sobre un arriesgado y contradictorio mosaico de políticas presupuestarias, fiscales, sociales y sanitarias, se mutualicen nuestras deudas y gastos extraordinarios con las de los que siempre apostaron por una financiación sostenible. Pero solo para pagar, porque nadie insinúa la posibilidad de reordenar este guirigay desde un centro de decisión que impida a Iglesias, por ejemplo, apostar por un paternalismo tercermundista que le endilgue las facturas al núcleo duro de la UE.

Por eso tiene sentido que, en la familia política de la UE, se escuche lo mismo que dicen los hermanos cuando los reúne mamá para pedir que sus hijos hormiga compartan la suerte de sus finanzas y empresas con los hijos cigarra: «Mira mamá -le responden-, si Marcelino necesita dinero, se lo presto al 0 %, e incluso se lo regalo. Pero en modo alguno estoy dispuesto mutualizar con él la deuda y las hipotecas de las empresas». Porque también a Europa se le puede pedir dinero y solidaridad desinteresada. Pero no que vincule su destino a los que siempre llegamos sin resuello a las malas pasadas de una historia interminable.

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