El Gobierno pide silencio. Ya habla él

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Sánchez, que siempre actúa como si no tuviera pasado, ni hubiera hemerotecas, ni los españoles recordásemos nada de lo que ha dicho o hecho desde que se convirtió en líder del PSOE, se queja con amargura y reacciona con una hipersensibilidad realmente sorprendente ante cualquier crítica a la forma en que está gestionando su Gobierno una epidemia que ha acabado por provocar la situación social más grave que el país ha atravesado desde el final de nuestra posguerra.

No hace sin embargo tantos años, en el 2014, la actuación del Gobierno de Rajoy para hacer frente a la crisis del ébola -un virus infinitamente más peligroso, por supuesto, que el actual COVID-19- llevó a Sánchez a exigir la dimisión de la entonces ministra de Sanidad y a calificar de «desvergüenza» y «desgobierno» la actuación del Ejecutivo del PP, que ordenó repatriar a tres españoles de las zonas de África donde el ébola estaba haciendo auténticos estragos: dos misioneros y un médico cooperante. Los dos primeros fallecieron y, como consecuencia de la atención a uno de ellos, una auxiliar de enfermería se contagió, aunque logró luego curarse.

¿Se imaginan, a la vista de esos hechos y de la reacción de Sánchez frente a ellos, cuál podría haber sido ahora su respuesta si el PP hubiera gestionado la crisis del COVID-19 con la tardía reacción, la impericia y la irresponsabilidad con que lo ha hecho el actual Gobierno socialista, según se afirma, recogiendo un juicio cada vez más extendido, en el durísimo análisis que acaba de realizar el prestigioso periódico The Guardian?

El diario británico de izquierdas -nada sospechoso, por tanto, de prejuicios hacia el Gobierno socialista- no deja títere con cabeza: «El 8 de marzo, una semana antes del cierre del país, tuvieron lugar eventos deportivos, conferencias de partidos políticos y manifestaciones masivas para conmemorar el Día Internacional de la Mujer», señala, para añadir en la misma línea: «El Gobierno socialista de Pedro Sánchez reaccionó tarde y mal. El país carecía de equipos esenciales y el virus también ha descubierto serios fallos en el sistema de atención español. Las residencias no tenían suficiente personal, no estaban preparadas y se colapsaron, con tasas de mortalidad de hasta el 20 %».

Es sin duda la plena conciencia del Gobierno de que su actuación no está, ni de lejos, a la altura de la gravedad del desafío al que tiene que enfrentarse la que ha llevado a Sánchez a exigir a todos los partidos y a todos los gobiernos regionales que no hagan política, es decir, que guarden silencio y apoyen al Ejecutivo sin decir ni esta boca es mía; y, al mismo tiempo, a poner en movimiento una auténtica máquina de propaganda destinada a eximir al Gobierno de cualquier error en la gestión de la crisis, que tiene su principal manifestación en las constantes e interminables intervenciones televisivas del presidente, con preguntas amañadas incluidas. Dos cosas que, en cualquier democracia sana, son plenamente incompatibles e igualmente inadmisibles.

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