John Scopes, un profesor americano de la escuela secundaria, fue acusado el 5 de mayo de 1925 de enseñar a sus alumnos ideas inspiradas en el libro de Charles Darwin El origen de las especies. Por una parte William Jennings Bryan, miembro del congreso, ex secretario de Estado y tres veces candidato a la presidencia, estuvo a cargo de la fiscalía y acusación, mientras que el destacado abogado Clarence Darrow dirigió la defensa.

El juicio, conocido popularmente como «el juicio del mono», tenía como único objetivo el impedir a los estudiantes el acceso a la teoría de la evolución por selección natural. Es bien conocido que el proceso tuvo momentos delirantes, como cuando Bryan afirmó muy solemne ante el tribunal que «el mundo fue creado el 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo, a las nueve de la mañana». Darrow fue rápido y brillante en su respuesta: «¿Hora de la costa este o de la oeste?».

El mal llamado pin parental o veto parental, por tanto, no es nuevo. Fue creado por el lobby creacionista de Tennessee al sentir amenazado su poder por las nuevas ideas derivadas de la Teoría de la Evolución y ver cuestionadas sus creencias religiosas. Es verdad que pueden cambiar las formas o el contenido, pero los objetivos de esos vetos permanecen invariables.

Mucho más recientemente, Jair Bolsonaro consiguió alcanzar la presidencia de Brasil con mentiras parecidas a las que hoy se utilizan en España, con la campaña Escuela sin Partidos. En su delirio, acuso a sus predecesores en el Gobierno de preparar el denominado «kit gay», una expresión tan pegadiza como falsa, que, según él, pretendía adoctrinar sexualmente a los jóvenes brasileños.

No sé si el debate es ficticio o si se está instrumentalizando, pero no debemos dejarlo de lado. Años después Bolsonaro alcanzó la presidencia de Brasil, y en la actualidad la fiebre de los vetos ha llegado a Europa con el ultraconservador Gobierno de Polonia, en cuyo parlamento se tramita un proyecto de ley que podría castigar con penas de hasta cinco años de cárcel la educación sexual a menores.

Pues bien. Cualquier persona bien informada sabe que los contenidos de la enseñanza son aprobados por padres, profesores, responsables educativos, etcétera, en los Consejos Escolares; esa es la manera en la que los padres participan en la educación. Nadie puede citar un solo ejemplo de que «a los niños de cero a seis años se le enseñen juegos sexuales en la escuela», como ha afirmado el líder de Vox. Really, Santi?

Volviendo al debate de Tennessee, me resulta sugerente que la Tierra tenga 6.000 años de antigüedad; poner una fecha reciente niega cualquier posibilidad de evolución en nuestro cerebro, lo que explicaría algunas posturas actuales. Sin embargo, me intriga que el mundo se creara a las 9 de la mañana: ese día, ¿a qué hora abrieron los bares para desayunar?

¡Vaya cabeciñas!

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