Europa, en modo «xirará»


Tras el viernes de despedidas en la Rue de la Loi de Bruselas -además de Juncker en el Berlaymont, en el edificio Europa o «la casa de los Estados miembros», Tusk recogía y daba la bienvenida a Charles Michel como presidente del Consejo Europeo-; esta misma mañana, en el Quartier Européen de Bruselas, se comienza a trabajar oficialmente en las prioridades del ciclo político 2019-2024, presentadas el pasado miércoles por Úrsula von der Leyen, y concienzudamente acordadas, a lo largo de los últimos cuatro meses, con los grupos popular, socialdemócrata y liberal, entre otros, y todos los líderes nacionales.

El quinquennat présidentiel se desperezó con una reivindicación de la identidad de la Unión Europea, sus principios y valores democráticos. Ante el Parlamento, von der Leyen asumió el compromiso de protegerlos, sin excepciones y con firmeza. La alemana promoverá la igualdad de género como nunca antes; como botón de muestra, los gabinetes de la Comisión presentan ya una composición paritaria y, en 2024, lo harán todos los niveles de la administración.

Con motivo del treinta aniversario de la Revolución de Terciopelo, se citó a Václav Havel, último mandatario de Checoslovaquia y primer presidente de la República Checa, después de haber sido activista en favor de los derechos humanos y, por este motivo, varias veces encarcelado bajo el régimen comunista. Durante los próximos años, la Unión Europea recuperará un papel más activo en la defensa de la democracia y el diálogo en «un mundo agitado, con demasiadas fuerzas que solo hablan el lenguaje de la confrontación y el unilateralismo; pero también (…) en el que millones de personas se están lanzando a la calle para protestar contra la corrupción o pedir cambios democráticos», subrayó la presidenta.

Asimismo, con esperanza, que «no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que tiene sentido» (Havel), «nuestra Unión se embarcará, unida, en una transformación que afectará a todos y cada uno de los aspectos de nuestra sociedad y nuestra economía» (von der Leyen). A partir de hoy, la Comisión Europea, junto con el Parlamento y el Consejo, tratarán de convertirnos en el primer continente climáticamente neutro. Bajo el liderazgo del vicepresidente Timmermans, se implementará el pacto verde europeo, nuestra nueva estrategia de crecimiento y empleo, con la vista puesta en el año 2050. Este pacto descansará en un plan industrial para la innovación, el desarrollo tecnológico y la apertura de mercados, que recortará emisiones, e incorporará un mecanismo específico de transición justa para asistir a las regiones que asuman un mayor esfuerzo.

La unión digital, a cargo de la vicepresidenta Vestager, conformará la segunda prioridad hasta el 2024. Se darán pasos para que Europa se haga con la propiedad de tecnologías clave. En cambio, en temas migratorios, se esperan avances tímidos, más allá de la incuestionable respuesta a las obligaciones para la protección internacional de quienes lo precisen. En la agenda social, se encumbran tres compromisos: por un salario mínimo justo, el combate contra la pobreza infantil, y la lucha contra el cáncer. Los dos vicepresidentes de la Comisión que he mencionado -Timmermans y Vestager- fueron las caras más visibles de sus respectivos espacios -socialdemócrata y liberal- en las elecciones europeas de mayo. Mejorar la calidad de nuestra democracia continuará resultando primordial. No se descartan ajustes institucionales, que se discutirán en una conferencia sobre el futuro de Europa liderada por el Parlamento.

En una de sus últimas entrevistas, Juncker reconocía que veía de forma similar los problemas con los que, ofreciendo soluciones erradas, medraban los populistas. La oposición a Von der Leyen, más allá de los partidos de izquierda y el escepticismo ecologista, girará en torno al Reagrupamiento Nacional, la Liga o Vox. Parece que ella observa a diario esas mismas dificultades; con su propio lenguaje -el de la confianza, la empatía y la creatividad- y, sin duda, ideas claras y cierta gracia, «xirará e xirará».

Por Cristina Ares Profesora de Ciencia Política en la Universidad de Santiago de Compostela

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