Otra forma de ver la sentencia


Creo que fue en enero de 1991 la primera vez que escuché que existían unos misiles llamados Patriot. Al parecer, se utilizaron para interceptar y destruir un misil Scud iraquí lanzado sobre Arabia Saudí; según he leído, era la primera vez en la historia en que un sistema antiaéreo destruía un misil balístico enemigo.

En esas fechas escuché una conversación entre dos paisanos en una vieja taberna de Santiago sobre misiles y, como no podía ser de otra manera, le presté atención. En torno a unas tazas de ribeiro, uno de los paisanos le dijo al otro: «Vasme decir ti que e millor un Patriot que un Tomahawk?». Mi perplejidad fue tal que pasados los años sigo recordando la frase con claridad.

Obviamente no pretendo hablar de armas, pero la cuestión me ha recordado la capacidad que tenemos los españoles de opinar de todo sin tener ni idea del tema. Censuramos a los entrenadores de fútbol porque «deberían jugar con un trivote», algo que no tengo ni idea que es; si nos multan en carretera es porque «la señal del límite de velocidad estaba mal puesta», y si el médico nos dice que no necesitamos un TAC, al llegar a casa exclamamos: «No tiene ni idea; me voy a la privada».

Los españoles somos entrenadores, guardias de tráfico, internistas, etcétera, y, por lo que he visto y leído en los últimos días sobre la sentencia del llamado procés, también juristas de reconocido prestigio. Hasta hace poco nadie no especialista tenía ni idea de la diferencia entre rebelión y secesión, y de pronto todo el mundo opina al respecto. «La sentencia es una vergüenza», dicen unos, «es solo malversación y desórdenes», dicen otros, todos afectados por un conocimiento repentino del Derecho penal.

Por supuesto que no pretendo negar el derecho de opinión a nadie, todo se puede discutir, pero en cuestiones técnicas es importante informarse para no pensar que la prima de riesgo es un familiar o la listeriosis una enfermedad venérea. Es verdad que en el caso de la sentencia hay diferencias entre los expertos, fiscales, etcétera, pero no lo es menos que la mayoría de los opinantes ni se la han leído, y de haberlo hecho no la entenderían.

Desconozco si esto ocurre en otros países, si también los ingleses, o los chinos, opinan de todo, pero reconozcan conmigo que es curioso. A mí el resultado del juicio me puede gustar más o menos, me entristece, pero no tengo criterio técnico para contradecir al Tribunal Supremo y tengo la impresión de que quienes lo hacen saben tanto de Derecho como del tratamiento quirúrgico de un astrocitoma.

La libertad de expresión ampara cualquier opinión; con las limitaciones obvias, nadie nos impide, por ejemplo, discutir si es mejor un misil Patriot que un Tomahawk o si una sentencia es leve o no. Yo les animo a hacerlo, pero conscientes de que la mayoría de nuestras opiniones, y la de los llamados «líderes de opinión», se basan en cuestiones de gusto e interés.

Al final, si lo piensan, opinar es la sal de la vida: ¿qué sería de nosotros sin criticar a los entrenadores, quejarnos de las multas de tráfico o exigir al médico una Tomografía Axial Computarizada?

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