Encuestas «qual piuma al vento»

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Álex Zea - Europa Press

01 oct 2019 . Actualizado a las 08:19 h.

Las urnas las carga del diablo, dijo Pablo Casado en cuanto se oficializó la convocatoria electoral. Discrepo. Las urnas las cargan los ciudadanos con sus papeletas. Lo que carga el diablo son las armas: la escopeta que se dispara misteriosamente y te llena el cuerpo de perdigones. Y la ruleta del casino o la banca de póquer. Y las encuestas, esta sí cosa del demonio: la versión política de las tentaciones de san Antonio. Te fías de sus augurios, que prometen incrementar tu fortuna o resarcirte de las pérdidas acumuladas, y te lanzas como un poseso a la conquista del voto. Sin reparar en que la demoscopia se muestra tan voluble, especialmente en este tiempo de política gaseosa, como la donna del Rigoleto. Ahora te concede sus favores y un instante después, versátil qual piuma al vento, muta d’accento e di pensiero.

Recordé el aria de Verdi al observar la encuesta de Sondaxe publicada este fin de semana. Intuyo que ofrece un sabor agridulce al paladar de las dos formaciones que buscan reeditar el bipartidismo imperfecto de antaño. Satisfacción con reparos. El PP remonta después de haber tocado suelo. Bastó que Pablo Casado cerrase la boca, hiciese un guiño a Rajoy y se dejase barba para iniciar la recuperación. El resto del trabajo -blanquear la fachada apestosa a corrupción, placar a Sánchez y su banda, amarrar gobiernos autonómicos y alcaldías- se lo hizo Rivera, quien se dejó la piel en el empeño, aunque no remató la faena al rechazar la coalición España Suma. Solo un dato empaña la luna de miel de Casado y las encuestas: la derecha tricéfala se aleja de la mayoría, porque el PP gana menos de lo que pierden sus socios.

En términos similares, pero invertidos, debió acoger el PSOE la encuesta de Sondaxe. La izquierda tricéfala sí suma: lo suficiente para desprenderse del pesado fardo de nacionalistas e independentistas. Suficiente también para bajarle los humos a Iglesias y hacerle pasar por el aro de Errejón, tal vez el nuevo «socio preferente». Pero el gozo llega envuelto en cáscara amarga. La donna mobile, veleidosa por definición, amaga con romper su idilio con el galán socialista. Y ya le ha requisado, al menos temporalmente, la medalla del amor que le prometía más que ayer y menos que mañana.