Dos Caballero y un virrey

El alcalde de Vigo es quien manda en la provincia de Pontevedra, y Ourense se convierte en el máximo exponente del gatopardismo por un cambalache


La política gallega tiene en estos momentos a dos Caballero subidos en la cresta de la ola socialista. Hasta hace bien poco remaban en direcciones opuestas y a partir de ahora habrá que ver con qué intensidad y propósito se manejan dentro del mismo barco. Ambos son ponteareanos de nacimiento, economistas de formación y políticos de convicción, además de familia. El tío, Abel, es el alcalde del momento. El sobrino, Gonzalo, es de momento aspirante a relevar a Núñez Feijoo en la presidencia de la Xunta en 16 meses o quizás menos. De producirse esto último, estaríamos asistiendo a una especie de sorpasso cosanguíneo. Además de alargarnos los titulares a los periodistas (si no lo deja claro el contexto, hay que especificar en cada momento el nombre de pila del Caballero en cuestión), la saga familiar va a protagonizar buena parte de lo que ocurra de aquí a las elecciones autonómicas.

Por lo pronto, el juego de tronos municipales de Galicia ha cambiado. No hay siete reinos, tantos como ciudades, pero casi casi. Las mareas han sido dilapidadas y el PP ha tenido que recluirse en fortines más pequeños. Es en el sur donde más definido está el reparto de poder. Y lo más claro de todo es quién manda en la provincia de Pontevedra. El alcalde de Vigo disfruta de una mayoría absoluta sin precedentes en la mayor ciudad, tiene a una de sus principales colaboradoras (Carmela Silva) a punto de gobernar en solitario la Diputación que ya presidía y, además, apadrina a través del secretario provincial del partido y delegado de la Zona Franca el desembarco o afianzamiento de un creciente número de alcaldes socialistas en ayuntamientos importantes como Redondela, Tui, O Porriño y Baiona.

Fernández Lores ha logrado mantener el mando en la capital pontevedresa, pero con síntomas de desgaste. Ha tenido que ceder y pactar un gobierno de coalición con los socialistas en el principal bastión del BNG.

Y luego está el caso particular de Ourense, que se ha convertido es el máximo exponente del gatopardismo. Baltar ha hecho suya la antológica frase de Lampedusa: ha conseguido que todo cambie (en la capital) para que todo siga igual (en la provincia). El presidente de la Diputación impone su propia ley en el PP y sacrifica una pieza que en realidad era ajena. Lo que a él le interesaba era continuar de virrey en un territorio impermeable a los cambios. Ni más ni menos. El candidato de Democracia Ourensana, Gonzalo Jácome, disfrutará así cuatro años de la alcaldía pese a haber sido el tercero en votos. El cambalache impide a los socialistas hacerse con la única institución que se le resiste a la izquierda desde la llegada de la democracia, y eso que estaban dispuestos a pagar un alto precio por ella. Esa parcela parece el coto reservado de otra saga familiar. Más antigua y de carácter hereditario.

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