Hartos de los niños


Lo de los antiniños se parece a lo de los antimascotas. El problema con las mascotas siempre es del dueño, nunca del animal. Si el dueño educa a su perro para tragarse personas, pues es lo que hará el can. Con los chavales sucede lo mismo. Los niños son como los niños de toda la vida. Los hay muy inquietos o inquietos, y parados o muy parados. Lo que falla es la educación que les damos. Los que dicen estar hartos de niños que se comportan mal en hoteles o restaurantes deben hartarse en realidad de sus padres, que son los que se han esforzado en dejarles crecer haciendo lo que les dé la gana. Ahí está el fallo. Cada vez se ve más a padres que protegen a sus hijos mucho más allá de lo razonable. Que les dan el chupito de Dalsy antes de que les duela la garganta, por si acaso. Que los aman hasta la desesperación, sin darse cuenta de que lo único que han hecho es algo que pasa desde que hay vida en la Tierra: que han traído niños al mundo.

Pero esa sobreprotección o hiperprotección genera niños que gritan donde les peta, que no tienen barreras. Es el viejo síndrome del hijo emperador, cuando los padres son sus súbditos. Todo viene de que es mucho más fácil decir sí que no. Lo complicado es imponer límites. Negar es enseñar. Recuerdo una anécdota buenísima. A una mujer a la que ya se le notaba el embarazo se le acercó una niña espabilada que le preguntó: ¿Qué te pasa? Ella le contestó: Voy a tener un niño. La cría respondió: Ah, entonces te tragaste un niño. Busque usted al niño que se tragó, aunque en el espejo apenas ya lo distinga. Recuerde a ese niño y todas las negativas y privaciones que vivió en esa España difícil de hace décadas y se dará cuenta de que sus padres le beneficiaron mucho más con los castigos razonables que con los beneficios. El premio fácil, como el elogio gratuito, debilita. El mundo real no está lleno de padres que hacen las cosas por usted. De padres que, abducidos por sus pequeños dioses, tragan con todo. De padres que se arrodillan para que el pequeño les escuche bien. De padres que creen que la inmortalidad les llegará a través de criar a chavales a base de mimarlos por nada. Dejen ya de darles el chupito de Dalsy preventivo. Unas décimas de fiebre son un mecanismo de defensa del cuerpo, no una carrera inmediata a saturar urgencias. Lo urgente es que no sea usted, madre o padre, la esclava o el esclavo de un niño de ocho años o le regalará la competencia de la autoridad, que debe ser solo suya. Total, la mayoría de ellos nos arrumbarán en el mejor de los casos en una residencia tan pronto como puedan, como ya hacemos nosotros con nuestros mayores.

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