«Punta amada de todo español»


Confieso que tengo amputado el sentido patriótico. Y no por falta de formación del espíritu nacional, asignatura esta que, en los lejanos tiempos del bachillerato elemental, cursé con aprovechamiento notable. Don Hortensio, desde su cielo azul -el color importa-, no me dejará mentir. De aquel adoctrinamiento, infructuoso a la postre porque el terreno no era apto para la sembradura, llevo incrustados en la memoria los sonidos: las canciones marciales del Frente de Juventudes. Cuando ya los creía definitivamente sofocados, viene el brexit, se monta la trifulca político-electoral a costa de Gibraltar y, como indeseable efecto colateral, vuelven esos ruidos, amplificados por los Sánchez, Casado y Rivera, a ofuscarme la sesera. Por eso le ruego al lector, apelando a su benevolencia, que me permita esta catarsis personal, que tiempo tendremos de analizar los pormenores del divorcio en la UE y sus efectos en su vida y la mía.

Las canciones azules de entonces marcaban el paso en el desfile, pero también, mediante estrellas y luceros, orientaban nuestra existencia. Incluso en la esfera de la intimidad: nuestro amor se llamaba Margarita y, aunque la letra especificaba sus apellidos -Rodríguez Garcés-, nunca llegué a saber quién era aquella «chica, chica, chica pum, del calibre 183». Pero, sobre todo, nos ofrecían una relectura patriótica de la historia: «De Isabel y Fernando, / el espíritu impera, / moriremos besando / la sagrada bandera». Lo cantábamos inflando los pechos infantiles hasta que Castelao, agazapado en la trastienda clandestina de una librería, emborronó la imagen de los católicos reyes al atribuirles la «doma y castración del Reino de Galicia». Al rianxeiro le había soplado su tesis un antiguo historiador aragonés, Jerónimo Zurita, que algo debía saber del asunto, puesto que su padre había sido médico de Fernando el Católico.

No obstante, la marcha militar que más me zumba en los oídos estos días la trajeron de la estepa rusa los voluntarios de la escaldada División Azul: «¡Gibraltar! ¡Gibraltar! / punta amada de todo español». Venían decididos a poner fin a un latrocinio que ya dura trescientos años: «A mi patria le robaron / tierra hispana del Peñón, / y sus rocas hoy hollaron / con el asta de un extraño pabellón». Y dispuestos a entregar sus vidas -«en tus rocas sabremos morir»- para arriar el extraño pabellón colonial e izar la bandera rojigualda.

Se apagaron los ardores bélicos, pero persiste el anacronismo de Gibraltar, ahora resaltado por el órdago de Sánchez a Bruselas y, dependiendo del cristal con que se mire, su fantástica victoria o su bajada de calzones. No me pregunten a quién asiste la razón: si al eufórico Gobierno, conseguidor de un triple blindaje, o si a la derecha catastrofista, que aprecia un «gol por la escuadra». A quienes padecemos de cojera patriótica nos preocupan más otros asuntos: la grieta abierta en el edificio europeo, la sobrina que trabaja en Mánchester o el marinero que faena en el Gran Sol. Aunque nos distraigamos, como catarsis purificadora, con las canciones para después de una guerra.

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