RTVE, ese oscuro objeto de deseo

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Pedro Sánchez cumplió su palabra y llevó al Consejo de Ministros el decreto de renovación de la cúpula directiva de RTVE. Es la desembocadura de un largo río que demostró la incapacidad de la clase política para llegar a un consenso tan sencillo como encontrar un nombre entre 36 millones de españoles para dirigir esa corporación. Un nombre, uno solo, que no suscite el rechazo de la mayoría de los partidos. Pero resulta imposible, señores. Después de dos legislaturas de Zapatero en que ese nombre se acordó entre el PSOE y el PP, la lista de profesionales o directivos capacitados se borró, todos parecen haber emigrado a un lugar perdido en el mapamundi, Rajoy cambió la ley porque no se encontraba a gusto con ella, los demás partidos le colaron otra ley, el PP y Ciudadanos desbloquearon la situación a su gusto, y Pedro Sánchez acabó en el decreto. Brillante biografía de los últimos años de una empresa fundamental. 

Este cronista colabora en TVE casi desde su infancia. Es una colaboración muy modesta, pero suficiente para pulsar cada día el ánimo de los trabajadores. Y les puedo decir una cosa: la designación de presidente puede ser muy importante, no lo sé; pero el problema de la radio y la televisión pública no es ese. El primer problema es que esa empresa no existe como tal. ¿Cómo se le puede llamar empresa a una organización que ni siquiera tiene presupuesto y las fuentes de sus ingresos no responden ni a un esquema de empresa privada ni de corporación pública? Su capital humano surtió a las emisoras de su competencia, y ahora hablas con cámaras, con maquilladores, con productores y un 80 por ciento largo suplican que llegue un ERE que los libere. ¿Saben por qué? Porque es una población laboral envejecida.

En cuanto a los contenidos, los tablones de anuncios están llenos de carteles sindicales que denuncian la falta de estímulos, la manipulación y lo más doloroso: la ausencia de producción propia. Según datos fidedignos, el 85 por ciento de los programas son elaborados por productoras externas con diversas formas de contrato, y solo un 15 por ciento es de producción propia, triste resultado para una plantilla de miles de profesionales.

Pero nada de eso se contempla en los discursos de los partidos. Solo les interesan los nombres del presidente y de los miembros del Consejo de Administración. Ahí es donde se estrellan los proyectos y donde estallan las divergencias. Visto así, y creo que no hay otra forma de verlo, parece que solo importa el control político. Eso sí: todo disfrazado de una bellísima intención ética de profesionalizar la casa, garantizar la independencia, promover el pluralismo y hacer de Torrespaña y Prado del Rey el templo de la libertad.

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