Big data y consentimiento en Internet


La entrada en vigor de la normativa europea sobre protección de datos en Internet (Reglamento 2016/679) coincide con escándalos en relación a usos indebidos de dichos datos y sobre la intrusión en la privacidad de los usuarios.

Argumentos de mucho peso sobre todo si se enlazan: invasión de la privacidad de millones de usuarios para ganar dinero y poder (publicitario o político), mientras no se paga un duro por contenidos con los que atraer a esos millones de usuarios. Un círculo que se retroalimenta, pues a más usuarios, más dinero a ganar suministrando (a empresas, publicistas o gobiernos) datos que me salen gratis, y a la vez más poder de negociación para conseguir contenidos gratuitos con los que atraer a más usuarios.

Sobre tal ley del embudo reflexionó premonitoriamente Tim Berners-Lee, artífice de la World Wide Web, en un libro titulado en España Tejiendo la Red (Siglo XXI, 1998). Marcaba distancias respecto de aquellos que querían apropiarse de la Web para hacer dinero, frente a su planteamiento de no hacerse multimillonario con la Web.

Fue así que el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), para el que trabajaba, accedió en el año 1993 a permitir a todo el mundo el uso del protocolo y el código web gratuitamente. Esa filosofía explica que el Consorcio W3C que impulsó, y que hoy gobierna la Web, no valga en bolsa miles de millones.

Avisaba, ya entonces, de los riesgos de lo que podría ocurrir en cuanto los algoritmos se perfeccionasen. Riesgos de que mega compañías, de facto cuasi monopolios globales, acumulasen información personal para dañar o aprovecharse de sus usuarios (a los que alguien podría no hacerles, por ejemplo, un seguro médico). O bien, citando el Gran Hermano de George Orwell, que al controlar el más mínimo movimiento y opinión de una persona, las sociedades quedasen a merced de potenciales tendencias dictatoriales o, como mínimo, de muy graves corrupciones de la democracia. Negocio y poder.

Para evitar esos riesgos, escribía ya hace veinte años que: «Debería haber una política de privacidad por defecto obligatoria por ley que proteja al individuo… la falta de dicha obligación permite a una compañía hacer lo que quiera con cualquier dato privado que pueda extraer». Y me temo que el artículo 7 del citado reglamento europeo no va a garantizar un consentimiento libre y limitado entre un humilde usuario y un monopolio.

Porque entre el Consorcio W3C y las empresas transnacionales que tejen negocio y poder en la web existe una diferencia abismal. M. L. Dertouzos, director del laboratorio informático del MIT hasta su fallecimiento en el 2001, la resumió así: «Mientras los técnicos y los empresarios lanzaban o fusionaban compañías para explotar el Web, parecían fijarse solo en una cuestión: «¿Cómo puedo hacer mío el Web?». Mientras tanto, Tim preguntaba: «¿Cómo puedo hacer vuestro el Web?»». Un matiz crucial: de encartas a wikipedias.

Cada lengua debería emplear su propia denominación. Sin embargo, eso va a ser difícil en Galicia, donde todo apunta al asentamiento de STEM

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