Ha sido un honor


No puedo negar la honda emoción que sentí al ver a Mariano Rajoy derribado, por segunda vez, por una moción de censura. A la primera de sus caídas, cuando todavía era un actor secundario, contribuí yo, apoyando al PSOE, en septiembre de 1987. Fue un daño colateral de mi juventud comprometida e inquieta, a pesar de que nada tenía, sino al contrario, en contra de él. Mi salida de la Xunta en 1986, y el hecho de que le designasen a él para sustituirme, nos puso frente a frente. Y en esa guerra fraternal yo le tuve que herir, mientras a él le implicaban a la fuerza en la denigrante operación judicial con la que el Partido Popular se deshizo de mí.

Aquella operación, que desde hace seis años me obliga a recordar cada día que «el que a hierro mata a hierro muere», puso entre Mariano y yo una enorme distancia, aunque en nada nos enfrentó. Y por eso pasaron años en los que apenas nos vimos, en los que él hizo la más brillante carrera del último siglo -lo fue todo, durante mucho tiempo-, mientras yo me marchitaba en un histórico poblachón gallego -Santiago-, más derrotado que un muerto, y obligado a abandonar la carrera para la que más dotado estaba -la política-, para cambiarla por la figura de un intelectual provinciano sin mayores pretensiones.

En ese tiempo me distancié del PP de Fraga y de Aznar, y, sin perder -creo- mi honradez intelectual, critiqué durísimamente las formas de hacer política que ahora perecen. Con motivo de la crisis económica, y en plena emergencia del populismo indignado, asumí la idea, absolutamente fija, de que España se estaba apartando del sistema político de la transición, y de que esa política de emociones nos iba a llevar hasta donde, efectivamente, hemos llegado ayer.

Y, convencido de que el único gobernante rigurosamente sistémico que había en el país era Rajoy (apoyado por Merkel), empecé a defender una forma de gobernar que a mucha gente le hizo creer que había vuelto a la casilla ideológica de salida, o que estaba defendiendo a un amigo de forma interesada. Y entre la gente que se sorprendió de ese mi anclaje al sistema apareció Rajoy, a quien tuve que convencer de que mi posición no se debía a mi amor por él, sino a mi fe en el criticado y casi demolido sistema de la transición.

Y volvimos a recuperar la amistad de hace casi cuarenta años, e incluso el estatus de mayor y maestro que él me mantiene, con generosidad inaudita, sin más motivo que los cinco años que le llevo.

Me duele mucho su caída, políticamente entendible, aunque injusta. Pero creo que su pronóstico histórico le es propicio. Que la hazaña de gestionar esta crisis total, sin perder el rumbo, crecerá con el tiempo. Y que no tardaremos en echarle de menos.

También creo que cerró su periplo de poder con grandeza, de pie, personalmente limpio, y sin perder dignidad.

Y por eso estoy orgulloso de tener un amigo que pudo despedirse así: «Ha sido un honor dejar una España mejor de la que encontré».

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