El abuso de la mayoría blanca


La primera vez te quedas en shock. No sabes cómo reaccionar. A mi hija le pasó hace dos años, tenía 11, y estaba en su playa, Matadero, en su ciudad, A Coruña, cuando una señora la increpó mientras se quitaba las arenas debajo de la ducha: «¡Deja el agua, negra, que por mucho que te frotes no vas a dejar de ser negra!». Mi hija hoy quiere que lo cuente, me ha pedido que lo denuncie porque, como muchas personas, está cansada de no darle importancia. Está cansada de responder sobre su vida: ¿De dónde eres? «De aquí». ¿Pero de aquí de dónde? «De aquí». Está harta de que le digan que su pelo es esponjosito, pero sobre todo está cansada de que se lo toquen sin permiso solo por el hecho natural de ser negra. Negra y gallega. Negra y etíope. Negra y mujer. Así se siente. Por eso no le molesta que le digan negra, porque lo es; le molestan el insulto, el rechazo, la agresión. Como a Libass, a Amdy, a Zinthia, a Alexa, a Samba y a tantas personas que aún hoy tienen que justificarse, resistir y aguantar la ignorancia y el abuso de una mayoría blanca. Se han conformado en no darle importancia cada vez que escuchan «negro de mierda», se han hecho a que algunos profesores les respondan «son cosas de niños, el patio es así». Y los padres hemos caído en la trampa de suavizar esas inercias, de hacer fuertes a nuestros hijos agigantando su defensa en la estupidez e ineptitud de los que insultan: «Es que no saben, no entienden, no tienen educación». Los hemos hecho al «tú pasa, déjalo, no les da para más» pensando que eran casos aislados. Pero no lo son. Y ahora queremos gritarlo: «¡Somos gallegos y negros, somos de aquí, somos iguales! ¡Miradnos bien, porque no vamos a permitir que nos distingáis!». Hija mía, tienes razón, hay que darle toda la importancia.

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