Vida simbólica

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

Si un presidente puede llevar una presidencia simbólica puede que todos podamos hacer lo mismo. Para empezar, Puigdemont va a ser la máscara más ubicua del Carnaval, la gran fiesta simbólica del calendario. Si estos días al fin se cuela por la frontera, el ministro del Interior no va a poder distinguir al auténtico entre las infinitas réplicas que corren por las calles de España con su bufanda amarilla, su flequillo de canario Gloster y su independentismo. Cuando un personaje salta a la galería del entroido es que ha roto la frontera de la realidad. Hasta los niños se visten estos días de Carles, lo que en el fondo es un paso coherente con el tono general del procés. El gran broche sería que Interior prohibiera disfrazarse de Puigdemont, igual que en el BOE se prohíbe expresamente disfrazarse con el uniforme reglamentario de la Guardia Civil. Para que no nos liemos. Hace un par de años también hubo problemas con los payasos diabólicos porque algunos aprovechaban para acuchillar gente sin ton ni son. Son modas. 

Si después del Carnaval Puigdemont se convierte en presidente simbólico, el catalán fundará una nueva era. Tras la posverdad, la posidentidad. En ese nuevo mundo podremos ser todo el rato seres simbólicos. Trabajadores simbólicos, por ejemplo. Un doble irá por nosotros a la oficina mientras nosotros vivimos una jornada laboral metafórica enredados bajo el nórdico con un amante que también será simbólico. Podremos ser también madres simbólicas de nuestras simbólicas hijas a las que amaremos de manera simbólica mientras las reales hacen croquetas. Una vida simbólica será tan perfecta como imaginemos, mientras el retrato va cogiendo mugre en el trastero.