La fábula de las abejas

Manuel Antelo TRIBUNA

OPINIÓN

28 ago 2017 . Actualizado a las 07:36 h.

Hubo una vez un panal que, pese a estar repleto de abejas amantes del lujo y el despilfarro, tenía fama por sus numerosos enjambres emprendedores. El panal en su conjunto era un paraíso de prosperidad, si bien, mirado de cerca, millones de abejas egoístas se empeñaban en medrar y satisfacer, al precio que fuese, sus deseos de reconocimiento y celebridad. Cada parte del panal estaba llena de vicios y los tunantes exclamaban: «¡Dios mío, si hubiese un poco de honradez…!». Mercurio sonreía, pero Júpiter, indignado, envió una reina que impuso las normas para rearmar moralmente al panal. Los corazones de las abejas se llenaron de honestidad y, repentinamente, todo cambió. Los tribunales quedaron silenciados porque los deudores pagaban gustosamente, incluso lo que sus acreedores habían olvidado que les debían. Estos, a su vez, exoneraban a quienes no podían saldar sus deudas. Los abogados se ausentaron de aquel panal honrado y el clero dejó de gravar a abejas jornaleras pues, ya libre de vicios, pasó a autoabastecerse. Los ineptos y quienes sabían que sus servicios no eran imprescindibles para la comunidad se largaron al no haber sitio para ellos… Al final, el panal, antaño próspero, se empobreció de tal forma que las últimas abejas que quedaban se vieron obligadas a abandonarlo. Detrás de esta fábula, que el médico holandés Bernard Mandeville publicó en 1714 con el título de Los vicios privados hacen la prosperidad pública, hay dos aspectos que han trascendido hasta nuestros días. El primero es el concepto de orden espontáneo que permite que, sin planificación alguna, haya armonía y prosperidad gracias a la convergencia natural de los diferentes intereses individuales. Esta idea de que el egoísmo personal conduce al bienestar común fue adoptada por el mismísimo Adam Smith, quien planteó su teoría de la mano invisible para explicar el funcionamiento de los mercados (y, por ende, de la sociedad) y la fijación de los precios de los bienes y servicios mediante el libre juego de la oferta y la demanda: si se respeta el sistema de libertad natural no habrá conflicto entre el libre albedrío y los intereses de la sociedad; de lo contrario, la ley de las consecuencias no queridas podría llevar a una situación indeseada para el grupo. El segundo aspecto se refiere al mensaje moral. El egoísmo y el vicio no llevan necesariamente a una sociedad decadente; de hecho, en muchos comportamientos virtuosos puede subyacer una motivación no tan loable. Esta visión de las personas como incapaces de ser virtuosas plenamente desautoriza a quienes pretenden educar moralmente a la sociedad. No en vano, Mandeville sostiene que es necesario reconocer nuestra humanidad y sacar el mejor partido de ella. Se trata, según él, de dejar el perfeccionamiento moral al ámbito individual, de abandonar los planes cándidos que pretenden que la apariencia virtuosa es suficiente para que la sociedad sea un ejemplo de moralidad, y tratan de imponerla a través de regulaciones, prohibiciones y educación grupal. 

Claro que lo que a Mandeville se le escapó -y también a Smith- fue la parte negativa de los intereses individuales. Que el incentivo que guía las acciones de las personas sea su propio rédito tiene también consecuencias indeseables: el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, la insoportable contaminación, el comportamiento abusivo de las grandes empresas y los grupos de poder, la sobreexplotación de los bienes comunales, la congestión del tráfico o el escaso suministro de bienes que no son rentables son ejemplos de los efectos perjudiciales. Cabe concluir que los geniales maestros acertaron en lo general pero erraron en lo particular. Si vivieran hoy, tal vez rectificasen diciendo que la mano invisible está más al servicio de determinados grupos que a la consecución del bien común y de un mundo mejor.