Artículo de opinión del escritor y periodista Mariano Tudela publicado el 25 de febrero del año 1954
07 may 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Me dicen que acaba de morirse, allá en la Cartagena de Colombia, pero yo prefiero no creerlo para poder seguir presintiendo, desde aquí, sus recias caminatas hispanoamericanas en busca del chigre ignorado, bajo la luz y el recalmón tremendos, bajo la tormenta que se cierne a cada instante, bajo la mirada desencantada del indio, bajo el entusiasta e ilusionado mirar del emigrante recién llegado.
José Damián, cuando le conocí hace doce años, ya era el solterón sin remedio, el glauco y malhumorado dandy de apenas cuatro o cinco palabras, el abnegado y pintoresco coleccionista de tabernas perdidas. Era como una estirada silueta enlutada, con aires recortados de una figura del Greco, con perfiles de honda y caliente humanidad.
Dígase lo que se quiera. José Damián -un poco a lo elegante parisino del siglo precedente y otro poco a lo hidalgo segundón de todos los tiempos españoles- no era un borracho. Ni siquiera, y apurando un poco la cosa, un bebedor habitual y diario con ansias de droga mínima y barata. José Damián bebía sus vinos tabernarios con el solemne señorío del catador. En el café pedía infusiones de manzanilla y, en su casa, solo se conocía el agua de seltz.
José Damián, sobre todas las cosas, era un formidable observador. Un observador nato con absoluta y decidida vocación. Encontró su ambiente en las tabernas y dedicó su vida a vivir en él y a atraparlo por los caminos de España, cámara al brazo y con el bloc preparado. Para su aventura, para su manía, si ustedes lo prefieren, disponía de un tiempo ilimitado y de una holgadísima posición económica.
Le traté muy poco tiempo, apenas una semana. Acudía alguna vez al café madrileño en donde yo me dejaba caer para matar algunas horas. Hablaba con opaca y tamizada voz, contándonos sus correrías por la Andalucía luminosa y variopinta, por el Levante pleno de luz, por la Castilla ancha como un mar profundo o por un Norte, que él decía, bañado por aguas europeas y dispares. A José Damián, para ganárselo, había que escucharle en sosiego, sin interrupciones, creándole una atmósfera propicia al recuerdo deshilvanado, todavía, en las hojas arrugadas de su bloc andariego.
Porque José Damián cometió un error capital. De ser auténtica la noticia recién llegada -y Dios quiera que no-, su deuda ya no podrá saldarse jamás. Un libro de tabernas, un tomo voluminoso henchido de estampas y de caminos, de inéditos brillos y de claridades mañaneras, era lo menos con que José Damián debió de habernos regalado. Su prosa, cualquiera que fuese, cobraría la nerviosidad precisa para envolvernos en una nube de interés, porque para eso José Damián, con su estirada experiencia sobre las espaldas, contaría con los elementos necesarios para dar agilidad y gracia a cada una de las muchas páginas del libro que, para mal de todos, no llegó a escribir.
Yo me imagino el capitulado de ese tomo y entreveo casi todos sus párrafos. España de punta a punta y un tranco seguro y decidido en pos de la venta lejana, de la posada del monte, de la taberna abierta y ahumada del poblacho inaccesible. Castilla, es seguro, ocuparía una buena parte del libro. Tascas burgalesas, cercanas a la catedral; la casa de la Engracia, en el Huerto del Rey; melodías de vino y de cordero en Saldaba; oscuro tintorro palentino sobre las márgenes del Carrión; vinazo leonés en La Gitana; blanco de La Seca, vinos para todos los gustos, de Rueda, de Peñafiel, de Cigales, de Toro, y, es lo importante, el ambiente tabernario castellano, el tufo distinto de cada lugar, de cada mesón, de cada ángulo y también de cada fudre. Al lado del importante capítulo castellano, el resto. Y, a buen seguro, toda la gama vinícola del país. José Damián se detendría con minuciosidad en la alegría sevillana. La compararía con el apacible reposo de la bodega vasca y con la algarabía lluviosa de las tascas compostelanas.
Es una pena que la natural indolencia de José Damián nos haya privado de este libro. Pudo hacerlo en cualquier momento pero prefirió emigrar, como cualquier mozo con ilusiones y sin dinero, hacia el rincón más español de toda la América hispana. Seguro que allá habrá continuado la adquisición de piezas para rica y polícroma colección. Habrá andado kilómetros desiertos y calurosos, y su cámara habrá recogido todo el pintoresquismo de las tabernas bogotanas o cartageneras, manizaleñas o barranquillanas.
Envío: Al amigo López Holguín, con la secreta y viva esperanza de un próximo cablegrama. Cuatro o cinco palabras nada más -prescinde del «abrazos» que yo supliré, te lo prometo- y la noticia de que José Damián sigue respirando tus mojados aires bogotanos. Aunque yo no quiero creer en su muerte, y casi le veo beber en una taberna, guareciéndose de esa tormenta que parece que va a descargar a cada instante, ¡estaré mucho más tranquilo cuando tú me confirmes la verdad!