Esto no pasa ni en España


Aun amigo de Burgos, que lleva veinte años viviendo en Pensilvania, le divierte mucho la chanza que yo hago sobre los fallos clamorosos de nuestra opinión pública, con la frase más citada en todos los medios de comunicación y en las barras de todos los bares -«Esto no pasa en ninguna parte»- entre los años 2009 y 2015. Lo curioso, le digo yo, es que esa cantinela tan española solo se la aplicamos a lo que en realidad pasa en todas partes. De donde cabe deducir que, lejos de servir para señalar problemas, establecer comparaciones o tomar ejemplo, no pasa de ser una forma de autodesprecio, enrabietada y estéril, que nos hace mucho daño y muy magro beneficio.

Por eso me hizo mucha gracia el wasap que me envió Rodrigo para explicarme el infantil y mentiroso debate que se traen Trump y Obama sobre si las elecciones presidenciales de Estados Unidos las ganó Putin o las perdió Clinton. «Esto no pasa ni en España», escribió el burgalés. Y desde ese momento tengo una idea bastante cabal de lo que cuecen por allí, y que les resumo tres hipótesis muy breves.

Si fuese verdad que los hackers de Putin atacaron, el que queda mal es Obama. Porque no se puede presumir de tener el país más seguro y poderoso del mundo, capaz de espiarnos a todos sin ninguna dificultad, de rastrear 100 millones de correos electrónicos por hora, para saber si alguien escribió yihad o mein kampf, y que luego llegue Putin, con cuatro mataos, y haga tambalear la credibilidad del sistema electoral americano.

Si fuese verdad, además, que el ataque tuvo éxito, los que quedan mal, en primer lugar, son los medios de comunicación americanos, que, presumiendo de tener las más potentes cabeceras de la prensa, las mejores cadenas de TV, las webs de información general más galácticas, y un ejército de columnistas y reporteros que operan con total libertad, no podrían explicar por qué cuatro tíos, a golpe de tuits, conquisten la opinión pública americana, o que anulen a todos los roqueros y faranduleros que, apostando abiertamente por Clinton, vieron su prestigio laminado por los hackers de Putin.

Y peor quedarían aún los ciudadanos americanos, que, presumiendo -con razón- de tener la democracia más antigua del mundo, la que mejor asimiló los cambios de la era mediática, y la que nos da lecciones sobre los sólidos debates que preceden a las presidenciales, se enfrentan ahora a la posibilidad de que cuatro mamonadas mal escritas en los tuits de Putin, o cuatro mentiras coladas en una red que siempre está atiborrada de mentiras, sean capaces de echar abajo el sólido edificio de la opinión pública americana y darle la presidencia al bruto en vez de a la fina. ¡No puede ser tan fácil! Porque ni siquiera en América pica la gente con tanta facilidad. Por eso creo que estamos ante una farsa a dúo que solo pretende entretener al mundo.

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