Un contexto babélico para el discurso del rey

OPINIÓN

26 dic 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Dice Pedro Sánchez que lo único que está claro después de las elecciones es que los españoles no quieren a Rajoy, y que piden un Gobierno presidido por él y secuestrado por Iglesias y Junqueras. Porque eso debe ser la nueva política: que la gente no sabe hablar, y que, cuando Rajoy gana las elecciones, solo significa que se tiene que marchar. A esto, en la Antigüedad, se le llamaba torre de Babel. Pero ahora, desde que España se llenó de facultades de Política y Comunicación, se le llama empatizar con el pueblo.

También dice Pablo Iglesias, máxima autoridad del nuevo orden, y auténtico Harry el Sucio del justicialismo democrático, que la mejor manera de cumplir con los ciudadanos es tirar a la papelera a los cuatro líderes más votados para meter en la jaula de la Moncloa a cualquier mirlo blanco que no tenga a nadie detrás. O sea, que votamos a Rajoy (28,7 %), a Sánchez (22 %), al propio Iglesias (20,6 %) y a Rivera (13,9 %), y después gobiernan, por ejemplo, Bertín Osborne, Isabel Pantoja, Jordi Évole o Jesulín de Ubrique, que son los españoles con mayor aceptación. Claro que este nuevo presidente no tendría necesidad de jurar la Constitución, ni defender la unidad de España, ya que solo sería contratado para independizar a Cataluña, hacer una Constitución republicana y populista, adaptar las leyes electorales al gusto de Podemos, y convocar nuevos comicios. Y para eso basta con que Iglesias mueva la marioneta mientras Rajoy y Sánchez le prestan sus diputados. Y a mí no me parece mal, porque, si es cierto que la racionalidad está en recesión y los electores solo se guían por emociones, es lícito concluir que puede gobernar cualquiera menos los que han ganado las elecciones, ya que solo así sentiríamos el pálpito de la regeneración.

Incluso Albert Rivera, el que tiene menos votos, propuso estos día un Gobierno de concentración de pura casta, apoyado por una mayoría que pueden componer -en el reservado de un restaurante- él mismo, el Rajoy que la gente vota pero no quiere, y el progresista y podemófilo Sánchez, aquel que dijo públicamente que «no ganar las elecciones sería un gran fracaso». Del Gobierno cartesiano que tanto nos prometió, en el que, en palabras de Maximino Carballeda, solo iban a tolerarse las «rectas y perpendiculares», pasamos ahora a una geometría variable, sobre una superficie de Riemann, en la que todas van a ser oblicuas y quebradas. ¡Ay, si Adolfo Suárez levantase la cabeza!

Y mientras esto sucedía, el rey prodigaba sus tópicos serodios en el palacio de Oriente, sin darse cuenta de que la nueva política no pasa por él, y haciendo un extraño ejercicio de ocultar los símbolos de la Navidad -los únicos que podrían justificar que se hable de política por Nochebuena- para darles gusto de las minorías. Porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.