En una sesión vermú algo tediosa, el equipo local se limitó a aguantar el balón y especuló con el tanteo ya previsto, 72-63. Con frialdad, como si en el Parlament se estuviera votando ayer una moción para proteger los helechos de los bosques catalanes y no la fractura (quizás irreversible) de la sociedad.
Ya por la tarde, Artur Mas nos leyó su estéril discurso de investidura, escrito con boli Bic azul, según desveló la prensa autóctona. Qué austeridad la del padre de la patria. Con un simple Bic azul -de los corrientes, ni siquiera de punta fina- preparó su entrada en la leyenda. Ese Bic pide a gritos una vitrina en el Museo de Historia de Cataluña. En sus cuartillas, el presidente de la Generalitat confirmó lo que ya habían votado por la mañana Junts pel Sí y la CUP: su firme decisión de pasarse la Constitución y el Estado de derecho por el Arco del Triunfo barcelonés. Un Arco del Triunfo que está a dos pasos del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña -en cuya escalinata tuvo Mas su momento Braveheart frente a las varas de mando de los alcaldes secesionistas- y del parque de la Ciudadela, donde reside el Parlament, sí, pero también el zoo de Barcelona. Y lo del zoo no es un augurio, ni un vacile, sino un dato de la topografía municipal.
Después de escuchar a Mas, que soltó lindezas como que España es «una seudodemocracia», se confirma que lo mejor que te puede pasar en la vida es tener una bandera con la que arroparte por la noche. No digo que uno tenga que posar para la portada de Interviú como Karmele Marchante, solo con la estelada sobre las carnes. Pero si se tiene a mano una bandera -la senyera, la estelada o la insignia de los ultrasur-, uno no tiene por qué preocuparse de pagar sus impuestos, cumplir con las leyes que ha prometido defender o respetar los límites de velocidad. Envuelto en la bandera antibalas, uno ya puede pasarse la Constitución por donde le apetezca, evadir pasta a saco a Andorra, conducir a 200 por donde la señal dice 100 o incluso pilotar sin carné por la M40 mientras gestiona al móvil con los colegas de la infancia algo muy parecido a un chantaje. Qué más da. Es tan fácil como traducir las investigaciones periodísticas, las multas o la actuación de la Policía y la Justicia en ataques no al presunto delincuente, sino a la estelada, al fondo sur, a Cataluña o al madridismo, que ya sé que no tienen nada que ver, sino todo lo contrario, pero es que por algún extraño motivo Artur Mas cada día me recuerda más a Karim Benzema. Será porque los dos cultivan esa ecuación perfecta de la impunidad que concede, gratis total, el hooliganismo deportivo, mediático y político. El mismo forofismo que convierte un simple Bic azul en una reliquia del mesías de la desconexión.