WhatsApp y otros programas similares de mensajería instantánea gobiernan, de alguna manera, el mundo. Los usamos para todo, o para casi todo. Y ya nadie, o casi nadie, usa los venerables sms.
En los 90, antes de que Internet descubriera la movilidad y nos convirtiéramos en felices esclavos de las notificaciones, los mensajes cortos vivían su esplendor, ignorantes de que estaban en peligro.
Declinaron. Y los que hace años nos los cobraban a precio de oro son los mismos que hoy nos los regalan. Su uso ha quedado relegado a comunicaciones publicitarias, información útil y poco más. En comparación con wasaps y similares, se reciben pocos sms. Y eso los convierte en especiales. Los vuelve valiosos. Como son raros y anómalos, acabas leyendo todos.
Desde hace años la tecnología es un elemento fundamental en las campañas electorales en Estados Unidos. En la actual carrera hacia las urnas, la que decidirá quién es el sucesor de Obama, los sms serán fundamentales. Republicanos y demócratas están empleando esta tecnología para hacer llegar mensajes a un público masivo de forma rápida. Esta estrategia puede garantizar la lectura de los mensajes, pero tiene un riesgo: te acercas mucho a la gente, casi invades su privacidad. Y puedes generar enfado y rechazo.