El papa y los divorciados


Las breves vacaciones que se ha tomado el papa Francisco le han sentado muy bien. En la primera catequesis de los miércoles tras sus vacaciones, el papa ha declarado que los divorciados no están excomulgados y, por tanto, ya pueden recibir la comunión. En este terreno el papa, con buen criterio, se somete al hecho de que miles de sacerdotes en todo el orbe católico, rebelándose ante la doctrina vaticana todavía vigente de que los divorciados están excomulgados, reparten el pan de los ángeles a quienes en su matrimonio ya han partido peras, eso sí, contraviniendo la doctrina de Cristo y de docenas de santos padres de que el matrimonio es indisoluble.

Los santos padres tienen derecho a decir lo que quieran. Pero la cruda realidad es que miles de matrimonios -de católicos, de agnósticos, de ateos y de adictos a las más variadas confesiones religiosas- caen como avispas porque la convivencia de pareja tiene que sortear los embates más peliagudos de la realidad: los hijos o la ausencia de hijos, la cruz hipercristiana de la hipoteca, las tentaciones sexuales de ser infiel sin mirar con quien y, en fin, el diseño biológico que nos ha programado para, en un plazo no especialmente largo, empezar a ver defectos en nuestra pareja donde antes solo veíamos virtudes. En el próximo octubre, y en el marco del llamado sínodo de la Familia, esta declaración del papa se hará efectiva en una Iglesia que da otro pasito adelante en el camino de la tolerancia.

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