Los griegos no merecían el crispado zarandeo al que los ha sometido su propio Gobierno, refugiado en un populismo desnortado, caótico y tal vez desesperado. Pero, dicho esto, yo me alegro del triunfo de Alexis Tsipras, porque al fin podrá poner sus cartas sobre la mesa y dejar de marear la perdiz. Tiene la victoria que tanto anhelaba y ya no puede seguir jugando a un confuso chalaneo, algo que celebraremos todos los que no imaginamos una Europa sin Grecia. El referendo ha servido para esto y no es poco.
Grecia tiene un gran problema llamado deuda (entre otros). Pero no es menos cierto que, precisamente por esto, la UE tiene un serio problema llamado Grecia. Si en ambos niveles (el griego y el comunitario) se toma conciencia de ello, la solución -aunque difícil- aflorará en algún momento. Son las falsificaciones, trapacerías y mentiras griegas del pasado las que han engordado el problema hasta límites grotescos.
Hace ahora tres años escribí en estas páginas un artículo titulado Nuestra Grecia, en el que me declaraba muy reconfortado porque los ciudadanos de ese país se habían manifestado mayoritariamente europeístas. Entonces, como ahora, yo no podía imaginar una Unión Europea sin Grecia, es decir, sin Homero, Aristóteles, Sófocles, sin los maravillosos estoicos, sin Pericles y su Atenas radiante, sin Leónidas y los bravos espartanos que murieron por nosotros en las Termópilas. Me era imposible alejarme conceptualmente de todo aquello que tejió, trabó y vigorizó nuestra identidad. Porque allí estaba nuestro mundo antiguo, la cuna de nuestra civilización. Dicho esto: ¿puede concebirse hoy a la UE y a Grecia jugando una partida de trileros? No, pero ahí está la deplorable realidad actual. Ni Grecia ni la UE pueden permitirse una relación tan falta de confianza ni una insolidaridad tan descarnada. Entenderse bien deberá ser la meta.
Si los europeos nos mirásemos en un espejo sin los griegos, nos veríamos mancos, incompletos, dañados en una parte sustancial. Porque Grecia es tal vez nuestro punto débil (ese que Aquiles tenía en el talón derecho). La UE no puede excluir a Grecia, pero los griegos no pueden seguir jugando a ser un socio poco fiable o dado al chantaje.