El reportero polaco Ryszard Kapuscinski, que pasó su vida recorriendo el mundo para poder contarlo, indagó sobre el encuentro con el otro como sinónimo de algo extraño, en ocasiones hostil y potencialmente peligroso. Y ante tal suceso, que se produce desde los inicios de la Humanidad, las reacciones de los individuos y los grupos pueden ser tres: la cooperación, el aislamiento o la guerra. Tristemente, la experiencia enseña que con demasiada frecuencia se ha respondido con la fuerza, intentando el sometimiento o la aniquilación del otro. Sucedió en los tiempos de los grandes descubrimientos y exploraciones, en el apogeo del colonialismo, en la expansión del nazismo o en lo que está sucediendo ahora y que alguien bautizó como islamofascismo.
Ocurre dentro y fuera de nuestras fronteras eurocéntricas. Se expande el Estado Islámico, las interpretaciones más retrógradas y medievales del islam en Oriente y en África. Pero también en este mundo laico y acomodado que parece estarse dando cuenta de que ahora el otro está aquí y quiere imponer por la fuerza una ultraortodoxia de la que nos creíamos libres. Las Torres Gemelas, los trenes de Atocha o el ataque contra el Charlie Hebdo forman parte de la misma cruzada, de una yihad alimentada por el odio y la violencia extrema.
No puede haber matices en la condena del terrorismo. Ha de ser total y absoluta, tanto como el fanatismo de quienes lo ejercen, no importa si son del Ku-Klus- Klan, de ETA o del yihadismo. Ayer y hoy todos somos Charlie Hebdo, no solo porque con las muertes del atentando contra la revista satírica francesa tratan de callarnos y amedrentarnos. Je suis Charlie porque yo también estoy amenazado por la barbarie.