Alemania chantajea a los griegos

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

08 ene 2015 . Actualizado a las 07:37 h.

Alemania, el país de Europa con mayor volumen de deuda impagada en el siglo XX, chantajea a los griegos y los amenaza con expulsarlos del euro si votan mayoritariamente a Syriza. Entiende además que, a diferencia del pasado reciente, la bancarrota de Grecia ya no desestabilizaría la eurozona ni arrastraría a la moneda única al abismo. ¿Qué ha cambiado para que el polvorín heleno ya no represente, a ojos de Berlín, un riesgo sistémico? Ha cambiado, sobre todo, la composición de la deuda griega: antes estaba en manos privadas -bancos alemanes y franceses, en especial- y ahora los principales acreedores son el BCE, el FMI y la Comisión Europea.

La diferencia resulta fundamental. Si Atenas suspendiera pagos hace dos o tres años, la explosión reventaría el sistema financiero europeo y las ondas expansivas alcanzarían de lleno al euro. Si Grecia quiebra hoy y abandona la Unión Monetaria, a juicio de Berlín el daño se circunscribe a los 250.000 millones de euros -aproximadamente el 80 % de la deuda griega- que le prestó la Troika y que esta jamás podría recuperar. He ahí el núcleo argumental de la postura alemana: los bonos griegos, al pasar del bolsillo de los inversores privados a la cartera de las instituciones públicas, han perdido su potencial desestabilizador. Lo que viene a confirmar la sentencia de Stiglitz: «Lo de Grecia no es un rescate, sino una protección a la gran banca europea».

Pero el chantaje alemán, execrable injerencia en la cuna de la democracia, suscita también una pregunta inquietante: ¿Por qué Angela Merkel y sus acólitos optarían, en caso de victoria de Syriza, por echar a Grecia del euro y perder 250.000 millones de euros antes que sentarse a negociar con Alexis Tsipras? Si Grecia no puede pagar, algo que a estas alturas constituye una obviedad, ¿por qué prefieren estrangular al deudor y no cobrar un céntimo, en vez de revisar las condiciones, la cuantía y los plazos de los préstamos? Solo hay una respuesta a esa pregunta: a los alemanes les aterra el contagio. No el contagio de una Grecia descalabrada que abandona el euro, sino el contagio de una ejemplar reestructuración de la deuda soberana. El virus de la quiebra les asusta mucho menos que el virus del éxito. No es de extrañar, porque ¿cuánto tardarían otros países, empezando quizá por Italia y por España, en proponer una renegociación de sus respectivas deudas?

Hay otro factor que explica el chantaje alemán. Sentar a Syriza en la mesa negociadora supone reconocer el fracaso de las políticas austericidas diseñadas en Berlín. Grecia representa la imagen trágica de ese fracaso. Su deuda pública, en términos absolutos, creció solo un 21 % entre el 2008 y el 2013 (en España aumentó un 133,5 % en el mismo período). Pero la penitencia impuesta al país, cuyo PIB se contrajo un 25,8 % en esos cinco años, hizo insostenible aquella carga. Alemania debería saberlo bien: nunca pudo abonar las indemnizaciones que los aliados le impusieron al finalizar las dos guerras mundiales. Su «milagro» económico se basó en la condonación de sus deudas, afirmación documentada por el historiador -alemán- Albrecht Ritschl.