La piel del oso

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias VALOR Y PRECIO

OPINIÓN

En las últimas semanas se han multiplicado las señales de deterioro en la economía internacional: ni Estados Unidos ni Japón van tan bien como se suponía, ni la economía europea consigue romper con su oscura perspectiva de estancamiento. Si a ello se une el notable aumento del riesgo geopolítico y la creciente atonía de la parte de la economía internacional que mostró un mayor dinamismo en los últimos años, los mercados emergentes, el cóctel ya parece preparado para dar algún disgusto serio.

No es raro, entonces, que en los mercados de capital empiece a reinar un estado de nerviosismo que en algún momento podría explotar. La tormenta vivida por las bolsas y los mercados de deuda esta última semana probablemente es la primera de una cadena de sobresaltos, que no debieran cogernos por sorpresa: en las próximas semanas probablemente veamos altibajos y elevada volatilidad. De hecho, si hay algo sorprendente es que los mercados, a los que se supone siempre sensibles al anuncio de problemas, se hayan mantenido tan tranquilos hasta ahora (en lo que un economista tan avispado como Nouriel Roubini ha llamado actitud de «autocomplacencia racional de los mercados»). Más aún cuando uno de los motivos más directos de preocupación es estrictamente financiero: el verdadero estado de una parte importante de la banca internacional, y las posibilidades de que esta contribuya a la recuperación general, siguen siendo oscuros, como acaba de reconocer el FMI en su reciente asamblea.

Pero el gran problema está en Europa. La probabilidad de una tercera recesión en el conjunto de la eurozona ha aumentado notablemente: si tal ocurriera, el escenario -no visto en más de ochenta años- sería dramático. Y sobre todo, estaríamos ante la palpable demostración de que la política que se ha llevado adelante es un completo fracaso. Cada vez son más los partidarios de dejarla atrás para intentar salir del laberinto, entre ellos, y cada vez de un modo más manifiesto, el presidente del BCE. Porque a este organismo ya no se le puede pedir mucho más: la política monetaria está llegando a sus límites -aunque aún quede el arma de la compra directa de deuda, mecanismo muy heterodoxo que tal vez veamos en las próximas semanas-, por lo que solo resta un camino firme para combatir la contracción, el de una política fiscal abiertamente anticíclica. El problema está en que algunos Gobiernos -como el alemán- lo siguen vetando, y quienes sí quieren avanzar en esa dirección, como franceses e italianos, presentan hojas de servicio dudosas, dada la manifiesta debilidad de sus estructuras económicas de fondo.

En todo caso, si hay algo claro es que los próximos meses van a ser mucho más difíciles de lo que presuponían aquellos -como nuestros actuales gobernantes- que nos vendieron la piel del oso de la recuperación mucho antes de haberlo cazado.