Los engañabobos

Un policía municipal de A Coruña ha revelado un secreto celosamente guardado: los pulsadores para peatones de los semáforos están de adorno. No funcionan, han sido inutilizados a propósito y con alevosía. El periodista Alberto Mahía lo corroboró in situ, cronómetro en mano, y lo contó en La Voz de ayer. Puede usted darle a la tecla como un poseso, impaciente por atravesar la calle sin riesgo de atropello, que el semáforo solo obedece órdenes de arriba. Cambiará de color cuando le toque, ajeno a sus prisas y a la insistencia de su dedo, ni un segundo después, ni una milésima antes. El agente local lo explicó sin rodeos, a requerimiento de un juez: «Esos botones son unos engañabobos».

Sin pretenderlo, el policía trazó una metáfora precisa del Gobierno y de su relación con los ciudadanos. El tropo de la doble afrenta: nos engañan y nos toman por bobos. No prejuzgo la bondad o perversidad de sus medidas -alguna habrá acertada-, sino la filosofía que las inspira y el márketing con que se difunden. La ristra de ejemplos que me vienen a la cabeza -promesas de rebajas fiscales, ayudas bancarias que no iban a costar un céntimo al contribuyente, cantos de sirena y saltos de la rana- desborda los márgenes de este comentario. Me limitaré a glosar los tres últimos.

Primer engañabobos: la reforma del sistema de elección de alcaldes. Cambiar unilateralmente las reglas de juego, sobre todo cuando ya se disputan los últimos minutos de partido, constituye una obscenidad. Pero envolver el trágala en papel de regalo y presentarlo como instrumento de regeneración democrática significa insultar la inteligencia de la gente. Sospecho que, en esta ocasión, el propio PP empieza a reconocer que se ha pasado de la raya en su menosprecio del ciudadano: de ahí los primeros síntomas de que comienza a envainar, a regañadientes, su proyecto de ley del embudo.

Segundo engañabobos: el saneamiento de las finanzas públicas. Solo una sombra oscurece el logro estrella del Gobierno: la deuda pública crece sin cesar, a razón de 295 millones por día, y ya rebasa el billón de euros. Un lunar benigno, fácilmente disimulable con una ligera capa de maquillaje. A la gente esto de las finanzas le suena a chino y por eso aún nadie formula preguntas incómodas del siguiente tenor: si el déficit acumulado de los años 2012-2013 ascendió a 182.000 millones de euros y la deuda pública aumentó en ese período en 222.700 millones, ¿por dónde viajan los más de 40.000 millones de diferencia?

Tercer engañabobos: la recuperación. Todo el mundo, empezando por Draghi, teme que Europa se despeñe de nuevo en el barranco de la recesión. La tercera, después de las sufridas en el 2009 y el 2012. De Guindos también advierte el peligro, pero afirma que España está inmune. Esta vez les toca padecer, en exclusiva, a nuestros vecinos. Y yo, a la hora de apretar el pulsador del semáforo, me pregunto: ¿Qué duele más: que nos engañen o que nos tomen por bobos?

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