Y ahora, las ruedas


Las cosas no son tan sencillas como quieren hacernos creer. No lo son cuando se trata de una tragedia como la del descarrilamiento del Alvia en Angrois, con la secuela de 79 muertos y centenares de heridos. Un drama de estas características no puede despacharse con un simplón despiste que es como nos quieren hacer tragar el cúmulo de despropósitos acontecidos en torno a la catástrofe.

Porque, aparte de los ya sabidas carencias en materia de seguridad, precipitación en las obras, ahorros, decisiones incomprensibles y demás, el periodista Pablo González, que es quien más sabe del asunto, acaba de descubrirnos en este periódico que una prestigiosa auditora independiente detectó fallos en dos de las ruedas de la máquina del fatídico tren. Que era algo con lo que no contábamos y nos dejaría boquiabiertos, de confirmarse. Que las ruedas de un tren de velocidad alta tengan defectos de fabricación no es algo que pueda entenderse en estos tiempos.

Mientras aguardamos a que nos digan la influencia de tales fallos en la desgracia, esta nueva aportación sirve para confirmar la teoría de que un accidente como el de Angrois, donde entra tecnología, capacidad humana y todos los adelantos imaginables, no se puede reducir a un simple despiste del maquinista. Las grandes tragedias se producen por un cúmulo de errores. De despropósitos y torpezas. Y eso es lo que ha ocurrido en Angrois. Que es lo que no entienden los señores de la Audiencia Provincial, ADIF, Renfe, Fomento y allegados. Y lo que vienen diciendo los familiares, víctimas y algunos revoltosos, sin que nadie quiera escucharnos.

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