España, crisol de culturas, con una arraigada tradición cristiana, y con un clima propicio para el uso de los espacios públicos, atesora algunas de las fiestas más hermosas y concurridas del mundo. A la cabeza está la Semana Santa, que a sus exquisitos festivales de música, a su brillante liturgia y a sus masivos y hermosísimos desfiles procesionales, suma también una gastronomía específica y una cultura de las multitudes que encandilan a todos cuantos llegan a conocer su extraordinaria exhibición de patrimonio material e inmaterial y sus inigualables escenarios urbanos. Pero en la misma línea de belleza y esplendor están las solemnes celebraciones del Corpus Christi (Toledo, Granada, Sevilla, La Orotava, Berga y Ponteareas), las Fallas de Valencia, los Moros y Cristianos de Alcoy, la Santa Cruz de Caravaca, la Asunción de Elche -con su famoso Misteri-, los grandes Carnavales de Cádiz, Tenerife y Verín, el San Juan de Mahón, el Rocío, las tiernas cabalgatas de Reyes Magos y un sinfín de romerías que llenan los pueblos de vida social y estética centenaria.
Pero el diablo, que nunca duerme, quiso poner en nuestra historia las graves tentaciones del tiempo presente que, masacrando lo hermoso, y rindiéndose a la banalidad de lo moderno, puso como cabeza y escaparate de nuestros eventos más internacionales dos monstruosas trapalladas: los Sanfermines de Pamplona, convertidos en el mayor botellón del orbe, y la Tomatina de Buñol, en la que la estupidez humana bate récords insuperables. Y a ambos acontecimientos llegan miles de personas de todo el mundo a hacer lo que en ningún otro lugar les dejan hacer, y a considerar como «lo más» una chabacanada protagonizada por adultos de todos los colores y creencias, algunos de ellos doctores por Harvard. ¡Impresionante! Matar o dejar morir lo hermoso, lo culto, lo religioso o lo histórico para acabar en esto: una alegría impostada y chabacana en medio de enormes montañas de estiércol humano.
Muchos ciudadanos de Barcelona, Baleares y Levante andan estos días cabreados con las autoridades, por permitir borracheras, vomitonas y meadas masivas que protagonizan zombis desnudos. Y también yo me quejo de que, asumiendo a ciegas la tradición de las peñas, las fiestas de los pueblos y las ciudades midan su éxito por los desfiles de estridentes charangas y por las toneladas de basura que dejan en las calles. ¡Pobres Caneiros de Betanzos! ¡Pobre Naseiro de Viveiro! ¡Quién os ha visto y quién os ve! Pero todo eso es lo que merecemos cuando el Misteri de Elche es en la televisión la «fiesta de las carretillas», y el Corpus de Allariz la «festa do boi». Como si todo fuese una llamada a las naciones para que vengan en masa al botellón, la cocaína y la basura. Porque el sabroso pan de la historia también se lo da Dios a quien carece de dientes.