La A-8 no existe


Podemos presumir de lo que queramos. Por ejemplo, de disponer de una autovía del Cantábrico ultramoderna y también de tener la mayor reserva de cocodrilos del mundo. Cada uno presume de lo que quiere aunque no sea cierto y con el mismo fundamento. Porque es tan real que disponemos del parque de cocodrilos como que disfrutamos de una autovía que nos acerca por el Cantábrico a la admirada Europa.

Desde que el 26 de julio una colisión en cadena puso al descubierto las deficiencias y carencias de esta infraestructura, ha permanecido más tiempo cerrada que en circulación. Siempre por niebla. Y así va a seguir siendo, a decir de quienes saben algo de meteorología, porque el trazado ha sido llevado por el punto más expuesto a las inclemencias del tiempo. Y no es que no se supiera, bastaba con preguntarle a un vecino del lugar; es que intereses que aún no nos han descubierto y decisiones sin aclarar convirtieron la A-8 entre Abadín y Mondoñedo en una vía inexistente porque no puede utilizarse.

En este país al que tanto nos gusta legislar contra los que se quejan, protestan, abuchean, critican o tienen intención de manifestarse, no se decreta contra los que queman nuestros ahorros en obras inútiles. Esos que, sin responsabilidad alguna, firman las obras que semanas después de su pomposa inauguración se cierran porque no pueden utilizarse. Y tampoco nos dan una explicación de por qué se cambió el trazado, por qué la han hecho por el peor lugar posible y quienes fueron los genios que así lo decidieron. Esta no es una obra de un único responsable. Es un disparate colectivo. Pero se han evaporado todos. Ya saben, como cuando el barco se hunde.

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La A-8 no existe