El tropiezo ante Holanda fue de tal calibre que exige cambios, aunque solo sea por encender de nuevo una llama que parece a punto de extinguirse. Del Bosque no es partidario de los grandes vuelcos -nunca lo ha sido-, ni de, asegura, señalar a nadie, pero no es fácil que un campeón del mundo sufra un varapalo semejante sin poner en cuestión unos cuantos axiomas. Algo hay que hacer, porque de lo contrario todo se reduciría a un episódico repaso táctico, igualmente preocupante, de un Van Gaal que se apresuró a colgarse una medallita por un planteamiento atrevido, por buscar a los españoles en su campo y exigirles un esfuerzo para el que quizá no estaban preparados.
Puestos a escarbar en lo sucedido, a traducir un repaso semejante, Casillas acumuló más errores que en sus 154 partidos internacionales anteriores, los laterales fueron intrascendentes, los centrales mostraron una descoordinación desconocida, Busquets y Alonso no controlaron la penúltima línea de retaguardia, el centro del campo no mezcló y Diego Costa condicionó el estilo. La salida del campo de Xabi Alonso provocó una ida y vuelta que incrementó la euforia holandesa. Un campeón del mundo por los suelos. Errores propios y disposición táctica ajena, probablemente la derrota tenga bastante más que ver con la vieja definición de Valdano. «El fútbol es un estado de ánimo», y, como tal, a España le pesó el empate a las puertas del descanso y un par de extraños errores que sembraron la desconfianza. Tener un mal día es tan disculpable como comprensible; repetir una actuación como la del debut sería bastante más grave, tanto como para poner en cuestión la preparación, el estado físico de buena parte del grupo e incluso el final de una generación irrepetible. Siempre con matices, como los que intruducirá Del Bosque.