«Los reyes no abdican, se mueren en la cama». La sentencia, pronunciada en su día por Juan Carlos I, describe perfectamente la lógica del régimen monárquico. Una línea sucesoria sin fisuras ni vacíos. A rey muerto, rey puesto. ¡El rey ha muerto, viva el rey! En coherencia con ese principio, Juan Carlos no abdica: simplemente dimite. Y lo hace, o lo empujan, por dos razones: su legitimidad se ha evaporado y aferrarse al trono suponía un serio riesgo de ruptura.
Max Weber distingue tres tipos de legitimidad: tradicional, racional y carismática. Nuestro último rey siempre anduvo escaso de la primera, precisamente la que constituye el fundamento último de la monarquía: la legitimidad tradicional que proporciona la sangre azulada, la cuna principesca, la primogenitura, el sexo masculino y los designios divinos. A él lo designó el índice de Franco, quien muy bien pudo haber dirigido el dedo hacia su yerno sin modificar un ápice los pretextos esgrimidos.
Juan Carlos corrigió aquella malformación de origen. A falta de legitimación tradicional, lo legitimó la Constitución. Durante años gozó de la aceptación popular. No pocos republicanos, incluso sin abjurar de su credo, se proclamaron juancarlistas. Del pozo del 23-F, aún hoy con zonas oscuras, emergió el monarca reconvertido en carismático salvador de la democracia. Desde entonces, varias generaciones de españoles le perdonaron el pecado original y le renovaron la póliza de crédito.
Pero todo toca a su fin. La legitimación tradicional es consistente y perdurable: va incrustada en los genes. Las legitimidades racional y carismática son transitorias: hay que ganárselas día a día. Los súbditos se entregan a sus reyes con fe ciega, pero los ciudadanos solo ceden su confianza en préstamo. Y el último monarca y su entorno derrocharon esa legitimidad a manos llenas. Las encuestas del CIS, que nunca preguntan por la opción republicana, prueban el deterioro de la monarquía. Dos décadas atrás era la institución mejor valorada y los españoles la calificaban con un notable, en el 2010 le concedían un aprobado raspado y el pasado abril la suspendían con un 3,7.
Los elefantes de Botsuana, los tejemanejes financieros, la misteriosa princesa alemana y su «anciano caballero», el yerno que pasa el cepillo por los despachos, la infanta que no se entera... Todo eso, remejido en la olla a presión de una sociedad zarandeada por la crisis, amenazaba con saltar por los aires. Por eso dimite el rey: para salvar los muebles. Tal vez intuye que, a medida que se desmorona el prestigio real, crece el sentimiento republicano. Y confía en que tampoco esta vez los españoles, atareados en aflojar el nudo corredizo que los asfixia, van a colocar en el centro de sus preocupaciones la vieja disyuntiva: ¿Monarquía o República?