Lo que hay es mucho vicio

José Carlos Bermejo Barrera FIRMA INVITADA

OPINIÓN

26 abr 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Nuestro panorama económico genera muchos tipos de analistas, capaces de crear soluciones mágicas para resolver nuestra gravísima crisis, de la misma manera que en la España del siglo XVII proliferaban los arbitristas, autores de diferentes fórmulas mágicas para resolver la bancarrota de la hacienda pública y el marasmo económico en el que estaba sumergido el país. Cada cual puede pensar lo que quiera, aunque no necesariamente decir todo lo que le apetezca, y si quien habla es una persona que representa a una institución no solo tiene la obligación de pensar lo que dice, sino que también ha ser consciente de las consecuencias de sus diagnósticos, en este caso económicos, como es el caso de la señora. De Oriol, una muy destacada empresaria que habló en nombre de los empresarios españoles, aunque no en nombre de la patronal.

Sostiene esta brillante analista que uno de los problemas básicos del paro juvenil consiste en que un millón de jóvenes dejaron sus estudios para trabajar en la construcción, ganando entre 1.000 y 1.500 euros al mes, lo que les permitía ser «los reyes del mambo» en los fines de semana y competir en condiciones ventajosas en el mercado de los lances amorosos semanales, en detrimento de los jóvenes responsables y estudiosos que parece ser que ligaban menos porque tenían menos dinero. El dato económico está claro: la burbuja inmobiliaria creó un empleo precario en la construcción que llevó a un millón de jóvenes a no acabar los estudios secundarios o el bachillerato porque eran capaces de trabajar eficazmente en la misma ganándose con el sudor de su frente sus salarios, pagados por empresarios como De Oriol, que no son tontos y solo pagan bien a quien produce. La segunda parte del asunto es que, una vez desinflada la burbuja inmobiliaria, alentada por el Gobierno, la banca y los empresarios, ese millón de jóvenes pasaron a ser sus víctimas, como las familias hipotecadas primero y desahuciadas después. Si hay alguna culpa, aquí le corresponde a quienes pudieron controlar la política económica en los Gobiernos de Aznar y Zapatero y no lo hicieron.

El argumento de De Oriol tiene una segunda cara sorprendente según la cual los trabajadores de la construcción, todos hombres, eran los reyes amorosos del fin de semana porque tenían más dinero. ¿Para qué, para comprar el amor en el mercado en el que compitieron con ventaja frente a los estudiantes aplicados? ¿Acaso pretende reivindicar el viejo refrán que decía: «sábado sabadete, camisa limpia y polvete»? Esta afirmación machista de la empresaria no solo denigra a jóvenes que trabajaron en la construcción, bien pagados porque trabajaban bien, sino a todas las mujeres, que parece ser que se van con quien tiene dinero en esos fines de semana orgiásticos que esta empresaria se complace en imaginar.

Pero la propuesta macroeconómica de nuestra empresaria avinagrada aun mejora. Y es que ese millón de trabajadores bien pagados que, junto con otros, llegaron a construir en España en un año el mismo número de viviendas que se hacían en el resto de Europa, ahora resulta que no valen para nada -para repetir la burbuja inmobiliaria sí- y andan por ahí o cobrando el paro porque no quieren trabajar, o lucrándose de unos opíparos salarios mínimos, a cambio de no hacer nada en las empresas que los contratan, porque está claro que no saben hacer nada porque no tienen titulación, y además solo querían cobrar para ligar el fin de semana y quitarles las chicas a los estudiantes. La solución para tanta incompetencia, tanta vagancia y tanto vicio de fin semana es bajar el salario mínimo, por un lado, y por otro favorecer que todo el mundo tenga un título, porque cuanto más estudie la gente mejor se emplea, o más exactamente porque los estudios, y no el mercado ni los empresarios, son los que crean empleo por arte de magia.

Si hacemos caso a economistas de verdad, como Emilio Ontiveros, Manuel Castells, Antoni Castells, y otros (Europe G, Policy Brief, 4, 2013) veremos que el problema es exactamente el contrario. España bate el récord en el número de graduados superiores empleados en trabajos de cualificación no alta en el 2012; exactamente el 35 %. En Alemania, por ejemplo, el 43 % de los graduados de entre 25 y 65 años trabajan en empleos de alta cualificación; en España el 32,5 %. España tiene un 32,3 % de las personas en esa franja de edad con título superior; Alemania el 28,1 %. Muchos titulados superiores están ahora iniciando estudios de formación profesional, porque no encuentran empleos cualificados, y muchas veces tampoco como titulados de FP superior. Tenemos en España un exceso de titulados universitarios, que rondan el millón de parados, y una FP con poca demanda a veces porque no existe tejido productivo suficiente. Empresarios y banqueros prefirieron invertir su dinero en la burbuja inmobiliaria y financiera y no en la economía productiva.

Pero claro, la clarividente señorita Rotenmeyer empresarial tiene un diagnóstico mejor. Lo que hubo fue mucho vicio, muchas ganas de ligue de fin de semana, poco esfuerzo, poco codo y pocas ganas de estudiar. Un millón de jóvenes alternaron años y años sus orgías en el andamio y en las discotecas, servidas como toda la hostelería, otro puntal de nuestra economía, por otros cientos de miles de jóvenes juerguistas y tarambanas. Lo que hay que hacer es leerles la fábula de la cigarra y la hormiga.

José Carlos Bermejo Barrera es Catedrático de Historia Antigua de la USC