Pasa muy de vez en cuando en el deporte. Como en cualquier otra organización de trabajo en equipo. Se junta casi sin querer un grupo fabuloso. Y saltan chispas casi solas, sin necesidad de que haya que estimular la genialidad. Está sucediendo esta temporada con el Real Madrid de baloncesto. Juegan de memoria, como se suele decir. Como si hubiesen estado juntos sobre una pista desde niños. Así es que baten los récords de victorias con una facilidad pasmosa, como un experto en torsiones dobla farolas. Salen a la cancha y el incendio está garantizado. Las alianzas, las asistencias, los relevos, los pases, todo parece natural. Como si estuviesen recitando un abecedario en clave que los jugadores de este Real Madrid de baloncesto se saben de memoria y que es imposible de traducir para el adversario. En la Copa del Rey, otro buen conjunto (el Barcelona) casi les amarga la fiesta, pero al final un tiro de esos que ponen en pie a las audiencias le dio la victoria a este Madrid de los prodigios. Es difícil pensar en un solo nombre propio. Todos suman. Todos multiplican. Pero tal vez esa posibilidad de que se vaya Mirotic ponga una sombra sobre un año que recordarán todos los amantes de la canasta.