Los morosos, carne de desahucio

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

20 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Ni las estadísticas ni los más viejos del lugar recuerdan un nivel más elevado de morosidad. Las entidades financieras consideran irrecuperables o de difícil cobro catorce de cada cien préstamos que han concedido. 197.000 millones de euros embarrancados entre los escollos de la crisis. Y eso ocurre después de aligerar la carga y traspasar la mercancía más averiada -74.500 millones de euros en números redondos- al banco malo. Y después de cerrar el grifo del crédito para achicar el agua de los impagos que se filtran por la quilla del buque.

Que no cunda la alarma: la banca española ha recobrado el vigor y la solvencia. Lo dicen nuestras autoridades y yo las creo a pies juntillas. De hecho, no me preocupan los banqueros, sino el drama de sus clientes. En esto soy fiel seguidor de Bernard Kilgore, quien, al hacerse cargo del Wall Street Journal, cuando el diario atravesaba uno de sus peores momentos, ordenó a los periodistas: «No escriban historias de bancos para banqueros. Escriban para los clientes de los bancos. Hay muchísimos más cuentacorrentistas que banqueros». Y a eso voy.

Hay deudores que, agobiados por la cuota de la hipoteca, no pueden conciliar el sueño. Padecen insomnio porque el fantasma del desahucio, como la «negra sombra» de Rosalía, ronda sus cabezales. Y hay deudores que, ajenos a mundanas preocupaciones, duermen a pierna suelta. No hay activo ni pasivo que turben su plácido sueño: saben que, en última instancia, vendrá papá Estado -es decir, los contribuyentes- en su auxilio. La escala del endeudamiento es el baremo que distingue a unos de otros, como bien recuerda el aforismo que se atribuye a Keynes: «Si yo te debo una libra, tengo un problema; pero si te debo un millón, el problema es tuyo».

La banca española está superendeudada, pero no hay riesgo de que sus huesos acaben en el registro de morosos. Sus acreedores extranjeros permanecen tranquilos. Si huele a insolvencia, no tienen más que aplicar la fórmula magistral: transformar la deuda privada en deuda pública y santas pascuas. Unas cuantas inyecciones de recursos, un trombo en las arterias de crédito y la ratio capital sobre activos experimenta una fulgurante mejoría.

Empresas y familias también están hiperendeudadas. Pero en vez de aplicarles el jarabe del rescate, para rebajar la morosidad e indirectamente apuntalar la banca, se les receta aceite de ricino. Se les permite quebrar. El resultado está cantado: quien cierra el negocio, quien pierde el trabajo, quien sufre la merma salarial o quien agota los subsidios por desempleo es un candidato firme a ingresar en el club de los morosos. Carne de desahucio.