Contradicciones

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

11 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Nadie resiste una lupa sobre su pasado. Cuando los cuenta el escrutinio, los días son largos. Los años, más. El mundo, cambiante y tramposo. Según algunos, parece que Mandela no tuviera derecho a encerrar contradicciones. La mayor es haber logrado ser el presidente de sus carceleros. También lo es el propio himno de Sudáfrica, recompuesto tras el apartheid. Porque une dos melodías, las que acompañaban a los negros en la clandestinidad y a los blancos en la oficialidad, y su letra está en inglés, afrikáans, xhosa, sotho y zulú (y no precisamente en ese orden). Seguramente, al principio no complació ni a unos ni a otros. No era una reluciente página en blanco, pero tampoco la página siguiente de la historia. Y ahí está su virtud. Al no ser de nadie, fue de todos. Pocos se han ganado tanto su derecho a ser un mito antes de su muerte como Mandela. Quienes crecieron en Sudáfrica antes de los noventa entre los privilegiados recuerdan que, para ellos, no existía Mandela. No cabía en su rutina, en la escuela, en casa. Después, más que una persona, fue un lugar de encuentro. Y lo siguió siendo incluso en su adiós. Queda para la historia la imagen de Obama estrechando la mano de Raúl Castro. Muchos de los que se escandalizan guardan silencio cuando los líderes de democracias occidentales saludan al máximo mandatario chino o besan al príncipe saudí de turno. Entonces se trata de diplomacia. Los escrúpulos con el pisoteo de ciertos derechos son inversamente proporcionales al potencial económico del que los vulnera. Como dice un proverbio africano, cuando dos elefantes luchan, es la hierba la que sufre. Mandela lo entendió.