Cuando ocurren sucesos que están configurando un nuevo orden mundial, parece que los europeos no influyen, ni siquiera en aquello que les puede afectar. En Asia emerge con fuerza el poder chino, que acaba de declarar unilateralmente una enorme zona marítima de control aéreo, que interfiere con los intereses de naciones vecinas, como Japón y Corea del Sur, sin olvidar a los EE. UU. Ahí puede saltar una crisis en cualquier momento.
También en Oriente Medio, el acuerdo con Irán ha roto el precario equilibrio entre las naciones árabes e Israel, quedando algunos descolocados, especialmente Arabia Saudí. Por eso EE. UU. tendrá que tejer un nuevo entramado estratégico en el cual quepa también Irán. Todo ello suponiendo que funcionen los acuerdos de Ginebra, donde también tiene que entrar Siria para poner fin a la masacre con la población civil.
Rusia, por su parte, aprovecha la situación para situarse en posición de gran potencia, sin cuyo acuerdo no se puede conseguir nada.
Y podemos preguntarnos: ¿Qué hace Europa? A unos meses de elecciones parlamentarias, más preocupados de los votos, mientras que el mundo se está reorganizando sin que los europeos tengan otra influencia que la de los países más poderosos que actúan defendiendo sus intereses primero.