Que se depriman ellos

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

10 sep 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

No estoy dispuesto a dejarme arrastrar por la ola de depresión que inunda este país después del fiasco de los juegos olímpicos. Como todos, tengo bastantes motivos más serios y trascendentes para superar los tortazos de todos los días. Que se decepcionen ellos: los que acudieron a la cita como pobres, hablando de austeridad cuando todos los demás hablaban de fabulosas inversiones; quien aportó como argumento el encanto de un café con leche en la Plaza Mayor de Madrid; los que utilizaron el encuentro de Buenos Aires como un asunto del PP, con clamorosa ausencia de otras fuerzas políticas; los que aprovecharon focos y cámaras para hacer propaganda de un indicio de recuperación económica, como si fuésemos la gran potencia económica mundial; y, sobre todo, los que, dedicándose a esto, no supieron ver lo que ahora es evidente: la competencia de las ciudades europeas que aspiran al 2024, el factor geoestratégico que moviliza tantos intereses, las dudas sobre dopaje, las debilidades nacionales y todo eso que ahora nos parece elemental.

Sí, elemental. Y lo más elemental de todo es que nos hicieron creer que teníamos la mejor candidatura que jamás había existido sobre la tierra, y resulta que era mentira: hasta en el poderío de la presentación nos arrollaron los japoneses, que empezaron aplastando con la relación de empresas que respaldaban a Tokio. Nos metieron en una burbuja de optimismo que, al verse defraudado, es lo que provocó las lágrimas de tanta gente. Nos hicieron caer en un pecado de ingenuidad colectiva que tenía que desembocar en decepción. Y hasta hubo quien manipuló a algún medio de prensa para hacerle creer que España tenía apalabrados tantos votos que podíamos salir en la primera votación. Y salimos, efectivamente, pero a la puñetera calle.

De todo esto se pueden extraer muchas lecciones, pero les invito a quedarse con una: el baño de realismo que nos han dado. Para ganar una competición internacional con intereses tan dispersos no basta tener un príncipe de Asturias que quede muy bien. Hace falta peso, hace falta estrategia y hace falta inteligencia. Y, desde luego, no se puede esperar que nadie nos eche una mano caritativa, porque todos los países del mundo tienen la misma necesidad. Ni podemos hablar de austeridad al mismo tiempo que aspiramos a un proyecto que es puro gasto, y faraónico en muchos aspectos. Solo añado un detalle: espero que nuestros políticos, cuando acuden a vender España y su marca en los grandes foros internacionales, lo hagan con mejor conocimiento del arte de persuadir que el visto en Buenos Aires. Y me temo que no, a la vista de la exaltación de nimiedades que hicieron la señora Botella y los señores González y Rajoy.