Poder y palabra


Es posible que haya algo de gusto por lo exótico: trajes y arquitecturas que dan bien en pantalla, tapices y escudos que se retiran, portones que se cierran, un anillo de oro que se quiebra, campanas y helicópteros, multitudes que se cuentan por cientos de miles y no son extras, historias de intrigas y ambición, mucho rojo y mucho blanco por todas partes, buenos y malos que intercambian papeles según de qué se hable o según quién los mire. Encaja todo con cierta estética de moda en la literatura barata y en las series de televisión: la sincronía de lo anacrónico, la mezcla en la misma secuencia de Egipto y Babilonia con Roma, lo contemporáneo y lo medieval. Solo que aquí funciona.

Y al cabo se trata de que un anciano renuncia a hablar, a un poder que, en nuestros términos, no sería gran cosa: un territorio diminuto, un dinero que cabe en un banco pequeño y que a él no le sirve de nada y dos mil millones de almas que para el anciano son solo almas y que los políticos traducen en votos (aquel detallado seguimiento del voto católico en la reelección de Barack Obama, por ejemplo) y el capital en consumidores (algunos bobos piensan que hay una verdadera discusión moral en torno a las píldoras, los condones, el aborto o determinados modos de vida).

Más allá del espectáculo, mucha gente percibe que nos jugamos entender a Dios y el correspondiente aprovisionamiento de referencias, algunas ya muy racionadas, como el amor al prójimo: no ya a los enemigos, sino al menos a los más necesitados, los enfermos, los ancianos, los niños...

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