Al invierno

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

No es una oda al estilo modernista que saluda a un tiempo por llegar, es la constatación de que los meses corren despavoridos hacia el nuevo año, que según unos trae la fecha de caducidad de la crisis y para otros va a ser el peor año de los cinco últimos.

Lo cierto es que ayer, viernes, se encendieron las luces de Navidad en las fachadas de muchos establecimientos comerciales de España y el próximo fin de semana las calles de las grandes ciudades prenderán los alumbrados que iluminan la noche.

Es el punto de partida para anunciar el invierno justo cuando hace un año que Rajoy ganó las elecciones de manera arrolladora -y nunca mejor dicho- y ya parece estar en ese convulso y difícil otoño del patriarca, ahora que conmemoramos los cincuenta años del bum literario sudamericano, que como las carabelas colombinas partió de España.

Todavía ni la ficción ni la realidad ha superado la lectura del realismo mágico, y Mario Vargas Llosa, Cortázar o García Márquez, por citar a los tres mosqueteros que llegaron en el Mayflower fundacional, siguen más vigentes que nunca. No voy a ser yo quien juzgue y pase revista a Rajoy y a su frustrado programa electoral lleno de posibilismos incumplidos, cuando han transcurrido los doce meses más duros para nuestra economía, la legión de desempleados y el Rubicón franqueable que ha hecho saltar todas las líneas rojas y sus correspondientes alarmas sociales. Ni siquiera voy a enunciar el alud invernal que casi sepulta al partido socialista y a sus cuadros desnortados incapaz de organizar un discurso coherente. Tampoco cabe en esta colaboración sabatina el telón oscuro del independentismo catalán que tapa la función teatral de una muy ineficaz gestión política, social y económica del presidente de la Generalitat envuelto en la bandera de las barras y una sola estrella, que más parece la descripción de un chiste de Gila. No se me ocurre escribir sobre los descalabros gallegos del Bloque ni del quebranto del socialismo gallego una vez perdida la aguja de marear y encallado en los bajíos diez años después del Prestige. Nada voy a escribir del patriarca Beiras en su otoño formal y tal vez inevitable.

Escribo sobre el invierno, sobre unas tristes vísperas de Navidad, huérfanas, como la cerillera del cuento, de pagas extras, con un récord histórico de parados, con las redes asistenciales privadas, exhaustas, con los desahucios hipotecarios sin solución adecuada prevista. El invierno está llamando a las puertas de muchos hogares a los que llegó primero la desesperanza.

Este año, por Navidad, cuando la ternura es obligatoria, en muchas mesas a los postres se reinventa el pan de higo, como en la posguerra de nuestros padres que no pudieron imaginar que iba a volver el invierno.