Tormenta en el canal de la Mancha: el continente, aislado. Así reza uno de los dichos más populares que definen las polémicas relaciones que el Reino Unido siempre ha mantenido con la Europa continental. Un dicho que no podría estar más de actualidad. Cameron cada vez tensa más la cuerda. O hace del canal un pedazo de Atlántico insalvable. Inglaterra quiere estar en la Unión Europea, sin estar. Lo demostró cuando siguió con la libra. Y lo demuestra cuando veta los presupuestos comunitarios. Los ingleses quieren las ventajas de la Casa Común, pero no compartir los problemas. Los expertos señalan que lo que les interesa es solo el Mercado Común, mientras que les sobra la Carta Social, la zona Schengen o el euro. Quieren ser miembro pleno para algunos derechos, pero no para los deberes. Tampoco les gusta que los ciudadanos europeos puedan trabajar libremente en cualquier país comunitario. Cameron es cada vez más como un residente que no quiere abandonar el edificio, pero que tampoco desea que se siga construyendo. Un quimérico inquilino. La Unión Europea ya amenaza con decirle a Inglaterra que su nuevo contrato tiene que ser otro: el de miembro del Área Económica Europea, como Suiza, Noruega o Islandia. Pero nada más.