Sin luz en el túnel


El debate presupuestario de la semana pasada en el Congreso de los Diputados tuvo episodios realmente lamentables. Y ello no solo porque se dio luz verde a un proyecto de Presupuestos generador de sufrimiento, desigualdad y desequilibrios sociales sino también por las formas y maneras de presentar las cuentas a los ciudadanos. El discurso del ministro Montoro es, al respecto, paradigmático. Afirmar sin atisbo de rubor alguno que los Presupuestos del Estado para el 2013 son los más sociales de la historia de la democracia no solo supone torpeza e insulto a la inteligencia del ciudadano contribuyente, sino también un enorme desprecio a la dignidad de las instituciones democráticas. En asuntos tan serios, la mentira no debe ser tolerada o consentida como recurso político, al reducir la intervención parlamentaria a un comportamiento impúdico que entre todos deberíamos penalizar y corregir.

Recordemos que estos Presupuestos son los destinados a transferir 38.600 millones de euros, por costes de la deuda pública y bancaria, a las oligarquías económicas y financieras del mundo globalizado, circunstancia que obliga a subordinar y ajustar todas las demás alternativas de gasto. Por otro lado, también interesa aflorar las debilidades e incoherencias que subyacen en estas cuentas, más proclives a ofrecer un rostro amable de las mismas que expresar incompetencias o déficits técnicos. Algunos de estos maquillajes se explican a continuación.

Así, las prestaciones por desempleo, reducidas ya en julio del presente año, pueden alcanzar al final del presente ejercicio 31.000 millones de euros. Las previsiones indican que el paro seguirá creciendo en el 2013, pero el gasto asignado por este concepto en los presupuestos del ejercicio próximo son 27.000 millones. De las pensiones se desconoce todavía si van a ser actualizadas o no con la inflación, crueldad provocada por el interés electoral del Gobierno que resulta intolerable en democracia. El recorte también puede recaer en el gasto de personal (pese a perder ya el 25 % de sus retribuciones) y en las inversiones (cuya reducción alcanza ya el 56 %). Todo ello fundamentado en estimaciones interesadas del crecimiento económico y del empleo (-0,5 % del PIB; -0,2 % de empleo), al contrario de lo estimado por otras instituciones que ofrecen al respecto un deterioro económico muy superior. Ambas estimaciones permiten fundamentar la dinámica de los ingresos y marcan a su vez las contradicciones del ajuste presupuestario y la credibilidad del déficit público estimado.

En fin, por mucho que diga la ministra Báñez, en el 2013 seguiremos todavía en el túnel sin apreciar una luz para la esperanza. Pero comprenderemos mejor este mundo. Y eso es condición imprescindible para cambiarlo.

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