Hasta ahora nos movíamos en un principio romántico: la educación y la sanidad no se tocan. Podrían subir impuestos, rebajar inversiones o congelar salarios públicos, pero educación y sanidad eran las líneas rojas que no se podían traspasar sin dañar las bases del llamado Estado de bienestar. Tan idílico principio duró hasta que Luis de Guindos anunció que ambas entran en la oleada de reformas con que nos obsequiará el Gobierno. La realidad se impone otra vez a los deseos y el desafío está servido: a ver cómo consiguen el milagro de mejorar la enseñanza gastando menos y cómo mantienen los servicios sanitarios con una dura política de austeridad.
Posición personal de entrada: no tienen por qué existir líneas rojas, siempre que se salven los derechos sociales. Hoy deseo hablar de sanidad. Si existe dispendio o defectuosa administración, el Gobierno tiene más obligación de mejorarla que de sentirse atado a algo que, a la larga, puede poner en peligro el propio sistema. Y demasiadas veces hemos escuchado que el sistema sanitario puede ser inviable. En el momento actual, ya lo es. Cuando se deben 15.000 millones de euros a proveedores, el sistema empieza a estar en quiebra. Una empresa privada estaría en concurso de acreedores. Aunque Europa no nos echara la mano al cuello, habría que abrir el debate de financiación.
Vaticinio también personal: tarde más o tarde menos, aquí vamos al copago, por mucho que lo hayan negado el presidente Rajoy y sus ministros. El mismo De Guindos abrió ayer la puerta al sugerir que quien gane más de cien mil euros al año pague los servicios sanitarios. La idea estaría muy bien, si no fuera por un par de detalles. Primero: si nos sirve de guía la declaración de renta, solo el 4 % de los ciudadanos españoles ganan más de 60.000 euros. ¿No es un poco irreal pensar que ese pequeño porcentaje, por rico que sea, vaya a financiar el déficit de la sanidad? Y segundo: si a esos contribuyentes se les exige que paguen los servicios, ¿se sabe cuántos de ellos los usan y cuántos disfrutan sanidad privada y ya hoy pagan sus medicamentos?
La propia duda sirve para decirle al señor De Guindos: no es eso, ministro. Está usted haciendo lo mismo que hacían los socialistas con el famoso impuesto a los ricos: queda bien en las declaraciones y mítines, pero, si se aspira a recaudar, no hay más remedio que la subida general del IRPF. Financiar la sanidad a costa de los salarios altos es una hermosa idea, pero inútil. Yo creo que solo es una forma de empezar. ¿De empezar qué? Pues a colocarnos, primero, ante la conciencia de que nada es gratis, aunque ya lo paguemos en los impuestos. Y después, a hacer inevitable la necesidad del copago. O de algo peor.