El progreso, el bienestar, la riqueza... Cualquiera de ellos puede ser razonablemente el objetivo que une a las sociedades y el mandato que oriente las decisiones de los Gobiernos. Ocurre que son conceptos difusos, porque los unos llevan a los otros, porque cada persona los valora de forma diferente y porque podemos intentar alcanzarlos por caminos distintos. Por ello, fines y medios son objeto de permanente controversia que unas veces se ha resuelto por imposición de los más poderosos y otras por consenso. Cada partido tiene su idea de lo que es bueno y de la mejor manera de conseguirlo, pero al intentar llevarla a la práctica se tiene que enfrentar a la realidad, constituida por lo inesperado y por las expectativas, diferentes y a menudo contradictorias, de los demás. Como decía Thomas Molnat, al llegar al poder deben someterse, «no sin tormentos, a la estructura del mundo concreto».
Es el principio de realidad, que, por mucho que pretendamos negarlo, acaba imponiéndose siempre. Le sucedió a Zapatero, pese a su inveterado optimismo. Y es lo que le está explotando en las manos a Rajoy. Para desacreditar a su predecesor, lo culpó de todo los males. Su tesis era simple: con el cambio de Gobierno y el cumplimiento estricto de las directrices emanadas de Bruselas la economía, o cuando menos el clima económico, cambiaría radicalmente. Y exacerbó el pesimismo, tanto sobre el estado de las cuentas como respecto de las perspectivas inmediatas, para justificar una catarata de duras medidas que imponen sacrificios y reducen derechos. Con una convicción, que está en posesión de la varita mágica que resolverá todos los problemas de España; un argumento, el de que el futuro será mejor; y un aval, el de quienes rigen los destinos de la UE. Cuestión de fe.
Pero ya pasaron los tiempos en los que el poder se justificaba en la posesión de una supuesta razón, divina o no. Los déspotas duermen el sueño de la historia. Aunque haya quien intente resucitarlos encarnados en tecnócratas. La verdad es discutible, pero la democracia es innegociable. Que es lo que parece haber olvidado Rajoy. La política no son dogmas, y no se puede imponer como si lo fuera. Por eso ha fracasado en Andalucía y cientos de miles de españoles se han echado a la calle. No es cuestión de discutir quién ha ganado la huelga, porque todos hemos perdido. Es una cuestión de procedimiento. Hay que convencer y sumar esfuerzos, para que todos nos sintamos protagonistas de la solución, no solo de las renuncias. Justo lo contrario de unos Presupuestos que recortan en partidas esenciales para el bienestar y el progreso de todos -infraestructuras, dependencia y políticas activas de empleo, educación- al tiempo que amnistía a los defraudadores. Quizás sea una medida coyunturalmente útil, pero a la larga es un virus que lamina la cohesión social. Constituye un ataque a la equidad que lastra la capacidad de sumar adhesiones. Porque los apoyos se ganan. Es el principio de realidad que empieza a atormentar a Rajoy.