Cien días

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

02 abr 2012 . Actualizado a las 22:36 h.

Ya han transcurrido. No ha habido margen de cortesía. Y ya nada es igual que las promesas calladas de la campaña electoral. Cien días después de la herencia recibida que ya no sirve como argumento. Son los cent jours franceses de la campaña de Waterloo, los mismos que tardó en llegar Napoleón Bonaparte a París desde su exilio de Elba.

En estos tres meses los populares no han podido sumar Andalucía a su particular libro de los récords, ni Asturias, como no pueden dejar de escuchar el clamor cívico de las calles de las ciudades poniendo el colofón ciudadano a la peculiar jornada de huelga general. Los cien primeros días, con el aliento de Bruselas en el cogote, son como la docena de días de enero que los campesinos escrutan mirando al cielo para descifrar el comportamiento climático de los doce meses del año.

Así el presidente Rajoy podrá leer en el viento, interpretar el aire para saber cómo van a suceder los tres años y nueve meses que restan de su mandato.

El país camina sin red por esa invisible cuerda floja del déficit, jugando a la ruleta rusa con el rescate como amenaza de los augures de agencias de ráting, wallstreetjournals, predicciones apocalípticas, que saben que en el tambor del Colt solo hay una bala.

El paro que se suma en el primer trimestre vencido no lo contiene ningún proyecto de reforma laboral, mientras decrece moderadamente en muchos países de la eurozona.

Seguimos rigurosamente vigilados, como los trenes de la novela, y ese sentimiento está resultando paralizante como si a toda la nación la rociaran con un extraño y retardante gas surgido en los laboratorios obstinados de la señora Merkel.

Es nuestro juego de la oca, con demasiadas casillas peligrosas. Estamos en estos días cuaresmales, iniciando un viacrucis penitencial, un rosario de misterios únicamente dolorosos. Escribo sin conocer todavía el hermético y clandestino proyecto de Presupuestos Generales del Estado, a punto de ser enunciado con sus partidas de recortes ministeriales y su suma y sigue impositivo. Todo, como en una de las siete palabras dichas por Jesús en el Gólgota, todo, añado, está consumado.

España no es un problema de calendario, es un problema colectivo a plazo fijo, inaplazable, por jugar con las palabras.

Gobernando para todos, con la dosis justa de humildad, que supone el respeto para los millones de electores que no han votado el programa popular, podemos alargar como Sherezade, los cien días en las mil y una noches, suprimiendo el relato de Alí Babá y los cuarenta ladrones, en un país posible que convertimos en probable.