Esa superstición de Marruecos, esa sumisión

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

E ntiéndanme bien: soy el primero en aplaudir el tono y el contenido de la visita oficial de Rajoy a Marruecos. Todo lo que sea evitar conflictos presentes o futuros con el incómodo vecino del sur será siempre una buena inversión política. Con ningún otro país del mundo tenemos tantos problemas. Unos son los naturales de vecindad. Otros son derivados de la historia. Y cada día aparece alguno nuevo, de raíz casi siempre económica. Tender puentes, abrir diálogo y mantener una relación de cooperación en todos los campos es una excelente política de Estado.

El clima, además, ha sido bueno. Rajoy hizo un buen discurso que centró el interés de España: la tranquilidad y la prosperidad marroquí son nuestra mejor garantía de progreso y estabilidad. Dicho en otras palabras, la monarquía alauí merece ser sostenida, y sus reformas, apoyadas. Nada más peligroso que una revuelta en la puerta sur. Nada puede producir más vértigo que la posibilidad de un sistema fundamentalista en una nación en la que tenemos tantos intereses, empezando por las dos ciudades españolas, siguiendo por el modo de vida de miles de pescadores y terminando por la vía de entrada de la inmigración, que incluye la posibilidad de terroristas.

Por tanto, todo acercamiento está muy bien, tiene altura de miras y merece respaldo de la opinión. Otra cosa es esa especie de superstición que practican todos los gobernantes, desde Felipe González, de empezar la política exterior con una visita a Rabat. Merece al menos una reflexión, porque Marruecos no tiene gestos equivalentes con España.

Hace poco tiempo también cambió su Gobierno, y no se vino a Madrid en reciprocidad al aprecio español. Y quiero pensar mal: la generosidad española puede ser interpretada en Marruecos como aceptación de la superioridad marroquí porque, en cuestión de intereses, siempre se acerca el que más lo necesita.

A partir de esa aparente aceptación de superioridad marroquí, la línea que la separa de la sumisión es imperceptible. Cuando en las relaciones diplomáticas se deja ver un estado de necesidad, el interlocutor se viene arriba, se crece y se cree con más bazas en las negociaciones. De hecho, en el balance de la relación con Rabat, salvo en el episodio de Perejil, hay más cesiones españolas que marroquíes. Las crónicas recuerdan estos días cómo después de cada gesto español ha venido siempre alguna crisis provocada por Marruecos, como si fuera una prueba de nuestra buena voluntad. O de nuestra fortaleza. No es que la diplomacia marroquí sea una tramposa, aunque tampoco lo descarto. Es que les hacemos creer que los necesitamos de forma vital. Y tampoco es que sea una sumisión. Pero la recuerda. Hay miedo al moro, qué le vamos a hacer.